Reconforta ver la cantidad de gente que a pesar de la crisis sigue pensando que un mundo mejor es posible.
En el anterior escrito, un tanto pesimista, hacía sonar las alarmas ante la alarmante falta de solidaridad provocada por la famosa crisis. Es sólo miedo y desconocimiento: el miedo provoca incertidumbre y ante lo desconocido, nuestra mente crea el peor de los escenarios posibles y tendemos a volvermos mezquinos y egoístas. Es evidente que los políticos de nuestra era muestran una falta de ética por su trabajo, carecen de compasión por el más débil y ya no son más que burdas marionetas de los famosos mercados. Me pregunto de qué sirve ir a votar cuando las decisiones de los políticos están guiadas por los poderes reales de la sociedad. Grupos financieros, bancos y fondos de inversión deben decidir que hacer con las pensiones, con las ayudas sociales, son quienes deben velar por unos derechos adquiridos en base a una lucha que ahora parece olvidada. Sería de ilusos confiar en estos grupos para construir un mundo mejor y mucho más el creer que se nos tiene en cuenta para algo.
Es gracioso como los mercados imponen gobiernos de tecnócratas en pos de un mayor rendimiento económico dándonos a entender que esa gente en la que antes habíamos depositado nuestra confianza no eran más que una pandilla de ineptos, despilfarradores y corruptos. Puede que en muchos casos sea cierto, pero sigo negándome a creer que todos fueran así: mientras, estos presuntos tecnócratas nos quieren hacer creer que recortando toda prestación social y convirtiéndonos en mano de obra barata y callada será la solución a los problemas que ellos permitieron crecer. ¿Hasta cuando?
En vista de que el dinero es lo único que entienden, deberíamos empezar a usar sus propias armas. Creo que no vale la pena ir a votar cada cuatro años y limitarse a esperar que una gente que no conocemos de nada escriban nuestro futuro. Estoy convencido de que un euro es más poderoso que un voto cada cuatro años.
En realidad todo se reduce en ser conscientes en que invertimos nuestro dinero. Si a uno le molesta que desaparezcan los pequeños comercios y proliferen las grandes superficies, lo que debería pensar es que cada vez que va a comprar a una gran superficie, ayuda a cerrar un pequeño negocio, así que, yo mismo, si dejara de ir a comprar a seis tiendas diferentes, la verdulería de la calle Castillejos para comprar verdura, la carne en la carnicería de la calle Padilla, el pescado a la señora Chuti, el pan a la Joana, la comida del gato a la pequeña tienda de Manel, en la esquina, no tendría ningún derecho a quejarme de que el gobierno municipal no hace nada por conservar los pequeños negocios. Es cierto, pierdo mucho tiempo en ir de aquí allá, pero el día que abran otra gran superficie, y mi casa está rodeada, y cierren los pequeños comercios, no debería de extrañarme pues yo he colaborado con mi dinero. El dinero es un arma muy convincente y te proporciona una libertad de expresión que ahora es nula con el sistema democrático.
Nos entristece ver las imágenes de las hambrunas africanas, los bosques deforestados, la agonía del oso polar por culpa del deshielo, que las ciudades estén cada vez más contaminadas; son problemas que tiene una solución individual. Aunque parezca que tiramos piedras al mar, el saber que haces lo correcto y no lo fácil, te puede proporcionar el derecho a reclamar, pero si durante nuestras vidas nos aprovechamos de un sistema injusto para algunos y solo ejercemos el pataleo cuando nos rascan la oreja, me parece hipócrita y desleal para con un mismo enfadarse cuando antes te beneficiabas.
Informarse de lo que comemos, bebemos o vestimos, de cómo y en qué condiciones se ha fabricado tal o cual producto, ya no es solo un derecho, sino un deber que debemos ejercer a diario. Si una empresa no respeta los derechos de los trabajadores en tal o cual país a cambio de poder vender el producto más barato en Europa, es momento de dejar de comprar ese producto e informarnos más, pues tarde o temprano serán nuestros derechos los que se verán pisoteados para que otros puedan consumir sin freno. Que un banco tal o pascual embarga pisos sin rastro de compasión, por qué no sacar el dinero, por poco que sea, de ese banco e informarnos de que entidad tiene un trato más justo con sus clientes y hacerles merecedores de nuestra confianza. Que cierta cadena de electrodomésticos tiene en régimen de semi-esclavitud a sus empleados a cambio de unos precios muy muy baratos, pues prefiero pagar un poco más y recompensar a la empresa que cuida de sus empleados.
Parece que no somos conscientes del poder de nuestras pequeñas inversiones diarias, pero si Ellos solo se rigen por resultados económicos, es justo que quien tiene el dinero real, el pueblo, decida donde, como, y a quien, depositamos nuestro dinero, por poco que sea; total, más pequeño y ínfimo es esa papeleta inútil que introducimos en la urna una vez cada cuatro años.
Ser conscientes de nuestro dinero es una tarea más difícil y complicada que decidir a quien votamos. Requiere tomarse un tiempo para informarse, caminar un poco más en busca del comercio adecuado, andar en vez de coger el coche, reciclar en vez de tirar... y poco a poco, estoy convencido, tendríamos un planeta mejor, más limpio de alma y cuerpo.
19/12/11
... Soluciones???
24/11/11
.......... Harto
No es bueno escribir enfadado, por lo menos para mí: tal vez por ello lleve un tiempo alejado del blog, pero la actualidad, la sucesión de acontecimientos que parecen querer llevarse al infierno este mundo acomodado en el cual creíamos vivir me dejan fascinado y algo bloqueado.
Las pequeñas y grandes miserias de nuestro entorno se mezclan de una manera asfixiante con la realidad y la precaria situación en la que se encuentra nuestro planeta. Ya nadie parece tener tiempo para salvar al lince, proteger al rinoceronte o al tigre, o a los bosques que nos dan oxígeno, ya nadie parece preocuparse por el calentamiento global, que apenas quede el quince por ciento de las especies marinas que existían hace veinte años, o que unos millones de africanos mueran de hambre, de hambre, en el siglo XXI.
La crisis no sólo parece ser económica, sino ética. Se entrevé una alarmante falta de Humanidad, y la carestía económica de muchos es aprovechada por unos pocos para instalar el miedo, el egoísmo, la envidia y la usura entre nosotros.
Ya empiezo a estar harto de este país de fariseos, un país cainita y rencoroso donde solo parece importar el Yo por encima de todo. Pensábamos que todas las comodidades del primer mundo, ya sea el agua corriente potable, la sanidad pública, la educación gratuita y obligatoria, el aparente funcionamiento correcto de la justicia, el poder elegir o no a tus representantes políticos, los tendidos eléctricos para todos, el derecho a manifestarnos, la jubilación, el paro, las bajas laborales, la seguridad pública, etc, etc..., pensamos que nos lo merecemos porque sí. Sin dar nada a cambio, sin responsabilidad para con el estado que te lo proporciona, sin plantearnos si es justo que unos pocos millones de personas tengamos esos derechos mientras miles de millones de personas igual que nosotros llevan siglos muriendo por una diarrea por no tener agua potable, o a manos de dictadores que ayudamos a mantener desde nuestros sofás. Miles de millones de personas aún no saben lo que es una sanidad pública y gratuita, no saben los que es tener cierta justicia social, nunca han votado con total libertad, no tiene ni pajolera idea de lo que es la pensión por jubilación, ni las ayudas por familia numerosa, ni cobrar el paro cuando dejas de trabajar.... miles de millones de personas que son como nosotros, que respiran el mismo oxígeno que nosotros, que trabajan tanto a más duro que nosotros, y que solo ahora, desde que existe la televisión y la red, se dan cuenta de la tomadura de pelo a la que les han estado sometiendo sus gobernantes y sus países "aliados".
Es por ello que estoy harto de tanto quejica, de tanto llorón, de tanto agorero del miedo, de tanto "come-subvenciones". Harto de movimientos que no llevan a nada, de indignados que cuando las cosas les iban bien y el banco les ofrecía targetitas gratis, no veían razón alguna para quejarse por las injusticias sociales evidentes que nos rodeaban, a pesar de que el mundo, fuera de su urna de cristal, ya se estaba desmoronando. Tan solo hacía falta viajar un poco y darse cuenta de que personas muy válidas en aquel país u otro, tenían que vivir con el miedo a que cualquier día, por cualquier causa, ya sea un dictador inepto, unas malas cosechas por culpa de una sequía, un mosquito cabrón, una decisión de cualquier multinacional que implique asolar las tierras donde viven, podía borrar de un plumazo su mini estado de bienestar que trabajando duro, sin fiestas, sin domingos, ni santos patronos, ni puentes para descansar, había conseguido levantar.
Tan solo por una mera cuestión de equilibrio, era imposible que unos quinientos millones de personas vivieran a costa del resto de la humanidad. Hemos arrasado países, bosques, exterminado especies y provocado guerras atroces por querer conservar un supuesto estado del bienestar. Todos, porque todos queremos madera barata, minerales a precio de saldo, nos va muy bien que un chino esté en una fábrica siete días a la semana trabajando quince horas para hacer la ropa del zara por cuatro chavos, no nos importa una mierda que en determinados países "aliados", se utilicen esclavos como mano de obra, o que las mujeres no puedan descubrir sus rostros, o votar o conducir un auto, nada importa mientras el petróleo llegue baratito y con regularidad. Cuando una escucha que la deuda privada española es trece veces superior a la deuda estatal, es fácil llegar a la conclusión evidente de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y a pesar de la extrema ineptitud de nuestros gobernantes, no es de recibo exigir que sean esos mismos ineptos quienes deban solucionar nuestros problemas.
No es mi estilo ejercer de futurólogo, pero no hay que ser muy listo para saber que las "cosas" ya nunca volverán a ser como antes: aún veo políticos ejerciendo de trileros prometiendo pan y circo eterno. El mundo está cambiando a tal velocidad que los anquilosados culos europeos no tienen tiempo para reaccionar, con políticos del siglo XIX, con la cultura del esfuerzo enterrada y vilipendiada entre todos, y lo que es peor, culpando al de fuera cuando hemos sido nosotros los propagadores del virus de la supuesta abundancia, del todo vale. Una medicina que ahora se está empezando a aplicar entre nosotros. Los bancos, los políticos, los mercados, todos parecen tener la culpa menos nosotros mismos, pero seguimos permitiendo abusos al débil, encumbramos a fascinerosos, idolatramos a unos ineptos e incultos pero el mero hecho de salir en TV o jugar bien con una pelotita. El miedo se instala en la conciencia colectiva justo cuando es el momento de ser más valientes que nunca, más generosos, más justos, más honrados y empáticos de lo que nunca fuimos.
En el año 1994, el fondo de inversiones JPMorgan cualificó el valor del miedo mediante unas complejas fórmulas matemáticas. Ese mismo año se creó la famosa prima de riesgo para las deudas estatales y empezó a aplicarse con saña en países que querían liberalizarse, escapar del yugo occidental. El FMI se creó para poner en vereda a esos países "desagradecidos". Antes nos importaba poco, la sufrían países lejanos. Bien, ellos ya saben lo que es el miedo, parece justo que ahora conozcamos su fea cara nosotros, pero es eso, solo miedo....
La única manera de superar el miedo es el conocimiento.
En eso deberíamos aplicarnos ahora, a dejar de quejarnos y actuar. Tal vez tener presente las últimas palabras de Stefan Zweig escritas en sus memorias... en 1942.
-" Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caida, solo ese ha vivido de verdad"-
11/8/11
Hambre

11/7/11
Conmoción, empatía, 11 de julio....
14/3/11
otra de maestros.....

