27/9/12

Rumores de guerra

Lo que al principio pareció fruto de la ineptitud de unos gobernantes, lo que luego se fue desvelando como fruto de la miseria humana, del servilismo, de la codicia de unos pocos, aparece ahora como una nueva forma de guerra de clases, una guerra transversal que empieza a golpear a países que nunca pensaron que las desgracias y las miserias que veían en otros lejanos países pudieran ahora materializarse bajo nuestras narices.
Tres hechos aislados, casi anónimos entre las noticias macroeconómicas, entre probaturas políticas y discursos de economistas de postal, entre masivos despidos en grandes empresas, me indican, o así lo creo yo, que un nuevo-viejo sistema parece ganar la batalla por el control de los recursos y la población de este planeta.
Desde el principio de las sociedades, unos pocos han intentado beneficiarse y controlar a la mayoría.: Los espartanos tenían a sus ilotas, campesinos semi esclavos cuya única labor era procurar alimentos a la clase guerrera, la tan democrática Atenas, sólo consideraba como humanos de pleno derecho a los ciudadanos atenienses. El feudalismo europeo suele parecer romántico en las novelas de caballerías, pero la mayoría de la población vivía subyugada, mal alimentada y sin esperanzas, bajo el poder de unos pocos tiranos, nobleza, clases dirigentes...., cambian de nombre pero son los mismos.... con poder de vida y muerte sobre sus vasallos. Con la revolución industrial vinieron las grandes y nuevos millonarios que no dudaban en hacer trabajar a niños, ancianos y enfermos hasta el límite de sus fuerzas en aras de la producción y el beneficio. Durante siglos, Europa vivió de los beneficios que producían unas colonis en Africa, Asia o América, creando la mayor red mundial de esclavos, de trabajos forzados y expolios a países como nunca en la historia se dio. Más tarde, ese mismo primer mundo financió dictadores, sátrapas sin escrupulos que colocaban como marionetas a los mandos de países para mayor gloria de sus grandes multinacionales, A nadie le parecía importar el destino de unos humanos, con diferentes credos, colores y costumbres, mientras el primer mu ndo estuviera bien abastecido de materias primas baratas. La globalización también acaba con esas distinciones y ahora todos somos humanos de segunda. No es de extrañar que casi todas las guerras, todas, tengo un transfondo económico muy localizado y concreto, y si bien hubo revoluciones sociales y grandes logros en este último siglo en favor de la clase obrera, es fácil comprobar, revisando informes oficiales de la UNESCO, MSF, UNICEF, etc, que cada vez hay más gente en el planeta que dispone de menos recursos, menos oportunidades, menos agua, menos esperanza, en proporción a la de sus antepasados cien años atrás.
Loa tres hechos, sucedidos en Barcelona, me hacen pensar que esta guerra económica ha llegado a nuestras casas: son los mismos espartanos, los mismos señores feudales, los mismos industriales y esclavistas, los mismos constructores de pirámides, que creen que tenemos más de lo que merecemos, Llevan tres mil años pensando de esta manera, y si bien varían sus métodos, sus fines siguen siendo los mismos y si el ser humano nunca ha tenido empatía hacia el más desfavorecido, ¿Qué nos hace pensar que esos famosos mercados y corporaciones dirán basta mientras no estén obligados a hacerlo?
Primer hecho.Leído en el periódico, sucedió en el cementerio donde está mi familia, en el barrio de Sant Andreu no hace ni medio año. Un señor de más de 76 años fue con su hijo tetrapléjico al nicho donde está enterrada su mujer. Ahí mismo estrangula a su hijo y luego se suicida. En la carta hallada después, explica que la retirada de ayudas, la subida del alquiler...., ya pueden ustedes imaginar el drama terrible, me atrevo añadir que la sensación de desamparo, la ausencia de un gobierno o una socidad justa que se ocupe de los más frágiles, el saberse ignorado por el conjunto de todos, le llevaron a una decisión dolorosa, trágica.
Segundo hecho. Me encuentro en la farmacia del barrio, en plena sagrada familia, delante de mí, un abuelo le pregunta a la farmacéutica, mostrándole la calderilla en la palma de su mano, que de cuales medicamentos puede prescindir. Tiene su punto de orgullo y no pide, prefiere sacrificar su salud que incumplir unas leyes absurdas que penalizan al más desfavorecido, o degradarse, a su edad, a tener que recurrir a la caridad. Los que hacemos cola, y es algo que me alegra narrar, los tres seres humanos que lo oímos, insistimos en pagar ese pequeña diferencia para que el abuelo se lleve las medicinas. El euro por receta...., ¿En qué coño estaban pensando estos políticos serviles comemierdas?
Tercer hecho. Son las nueve y media de la noche y desde el balcón de casa sigo una pequeña discusión en la calle. Una mujer con tres pequeños, dos jóvenes y tres magrebís se ponen de acuerdo para buscar en los contenedores de comida caducada o inservible que tiran del Condis de delante cada día al cerrar.
Todos sabemos de casos, todos tenemos víctimas que no muestran su sufrimiento en publico, tan cerca, víctimas provocadas por unos gobiernos y unos mercados que ni conocemos ni nos conocen. Víctimas que dejan de importar cuando no son productivos. Los que vemos ahora son los primeros, los más frágiles y desamparados, pero si no tomamos consciencia de la crueldad de quienes nos gobiernan, que nadie se extrañe cuando pase de espectador a víctima.
Creo que es el momento de una nueva revolución social, una nueva forma de entender nuestro entorno, nuestras necesidades. Entender que desde la individualidad se puede combatir en conjunto. Ser más solidarios y empáticos que nunca. Actuar, rebelarse, hacer crecer nuestras esperanzas y sueños

30/5/12

Carta al rey.....

La primera vez que ví un elefante de verdad fue en 1998, hasta ese día los había visto en el zoo, en circos, en películas y documentales. De esa distancia sólo podía ver un animal grande y feo, ruidoso, sucio y triste. suele pasar con los animales salvajes que están enjaulados o viven en hábitats ajenos a su naturaleza. Les puedo asegurar que todo ello se borró en apenas siete segundos.
Un grupo de seis mochileros nos pusimos de acuerdo en ChiangKok, un pueblecito al norte de Thailandia, justo al borde del río Mekong, que se usa o usaba para entrar en Laos, para entrar en laos, hacer un trayecto que desaconsejaban todas las guías y platarnos en LuangPrabang, la joya del Mekong. Una vez superados los trámites de visados y papeleo, cruzamos al pueblo gemelo, en la orilla opuesta del río, no recuerdo ya el nombre y entramos de forma oficial en Laos, el país de los 10.000 elefantes. Nos dirigíamos a LuangPrabang, y para ello debíamos instalarmos en un 4X4 junto con algunos nativos y atravesar por una pista de tierra los 185Km que nos separaban de Luang. El trayecto, entonces, era de una 16horas, ir a paso de tortuga, pararte cien mil veces a sacar el auto del barro, de ríos, apartar troncos caídos o pararnos a dejar y recojer a indígenas que, colgados de las barras antivuelco usaban el coche a manera de autobús. Nunca en mi vida había visto, ni he vuelto a ver, ni creo que vea, una selva tan espectacular, verde y hermosa: una selva donde apenas podías vislumbrar nada a 20 metros fuera de la pista de frondosa y densa que era o es, la reserva natural del NamTha y NamPha.
A medio camino, y sin motivo aparente, el conductor frenó en seco y se giró hacia nosotros indicándonos que calláramos. Los ojos de pánico que puso para decirnos en su rudimentario inglés que estuviéramos en silencio y muy muy quietos, nos convencieron de inmediato para obedecer. Lo primero que pensé fue en un tigre, y de inmediato noté como se aceleraban mis pulsaciones, pues esta es una de las zonas por las que ronda en libertad. Después pensé en bandidos, o en guerrillas maoístas que también pululan por la zona. Todo en apenas tres o cuatro segundos, pensando en que hacer, ni me atrevía a sacar la cámara mientras mi cerebro iba a mil por hora. De repente la selva se abrió, literalmente se abrió: donde antes sólo había plantas y arbustos enmarcados en unos tonos grises que se aclaraban cuanto más al cielo mirabas y se oscurecían cuando más en la inmensidad de la selva profundizabas..., les juro que la selva se abrió, y cuando lo recuerdo aún me estremezco de felicidad.
Una cabeza de elefante, enorme, gris oscuro, una gran trompa, unas enormes orejas, todo ello surgió de la selva sin apenas hacer el mínimo ruido, parecíamos un coche de juguete con sus muñecos, ahí a su lado. Rodeó el lateral izquierdo del auto, se puso delante y dejó que pasara la cría que iba con ella, un mini-elefante del tamaño de un caballo gordo que cruzó la pista al trote. La madre nos echó una última mirada rápida, serena, fugaz, y sin apenas habernos dejado tiempo para exhalar el aire, se sumergió de nuevo en la selva y desapareció por completo dejando como único vestigio de su paso unas ramas contoneándose.
Ni los olimos, ni los escuchamos ni apenas pudimos saborearlo. El conductor nos indicaba con gestos que siguiéramos en silencio un rato y durante ese minuto estuve deseando salir y correr tras ella, gritar a mis compañeros de felicidad loca, sabíendo que difícilmente volvería a ver algo igual. Un elefante en su estado natural, no en reservas, ni circos, ni zoos, ni zonas controladas. Un elefante que si hubiera querido o hubiera tenido un mal día, nos podría haber echo papilla en segundos.
Siempre me he sentido afortunado con ese recuerdo fugaz y cuando tengo malos días recreo ese viaje a través de esa selva y vuelvo a pensar que el mundo junto con todos sus animales es un invento absolutamente extraordinario e increíble.
El segundo elefante de verdad, con el que tuve una relación, fue Ganesha, una elefanta del templo de Humpi, al sur de la India. Su dueño Hammal y ella tenían una relación que no difería en nada a la relación que pueda tener alguien con su perro. Es cierto, ya no era un elefante "de verdad", pero me maravilló el grandioso poder y fuerza rodeado de una ternura infinita en cada uno de sus movimientos. Ganesha golpeaba con la cabeza la casa de su dueño, apenas unos leves toques con la frente pero que hacían temblar la casona de adobe y ladrillo, y Hammal, su amigo, salía y se ponía a acariciarla mientras le frotaba la oreja. Le hablaba, le pasaba un maní y la elefanta parecía contenta y daba pequeños golpes con la trompa en la cabeza de su amigo. Me acerqué con cuidado y cuendo el dueño me vio, me dijo que tranquilo, que viniera. La elefanta me olió de arriba a abajo, me quitó el tabaco del bolsillo con extrema delicadeza y se lo zampó escupiendo luego el envoltorio, se dejó acariciar, y durante tres días, cada atardecer me acercaba a la casa de Ganesha y Hammal para hacer el té y disfrutar de su compañía. Es increíble el estar al lado de un animal tan poderoso y sentirte como en compañía de un niño sin darme cuenta que el niño era yo. Ganesha procuraba no pisarte, nos trataba siempre con la fuerza calculada para que apenas pudieras notar sus avisos con la trompa pidiendo más caricias, más cepillados o más fruta.
Todo el mundo sabe con que se divierte el rey y sus amigos, matando seres maravillosos, espectaculares y únicos, seres que en unas décadas serán míticos, pues ya no existirán, asesinados en cotos cerrados, (por qué mierda le llamarán cazar a esto?), esclavizados y humillados en circos y espectáculos por una supuesta raza superior... aqué me suena eso.
hace mucho que no voy al zoo, nunche pagado ni pagaré para asistir a espectáculos en los que se utilizan animales, y por supuesto, no tendría valor para matar o torturar a un ser vivo por diversión, algo propio de psicópatas y de gente sin recursos morales. Vacíos
Siento una verdadera lástima por el personaje incapaz de ver la belleza, de apreciar la perfección de la naturaleza, aunque pese siete toneladas y sea grande como una casa de tres pisos y necesite matar a un ser indefenso con tal de afirmar sus inseguridades....., pobre desgraciado.

30/1/12

País de cobardes.....



















Durante los primeros seis cursos de la EGB tuve dos compañeros llamados, Juan Yagüe y Carlos García Mola. Un día, al empezar cuarto, en las primeras clases de geografía, el nuevo profesor Montoro, un energúmeno que nos hacía rezar el credo antes de cada clase, al pasar lista se fijó en los apellidos de los dos y haciéndoles poner en pie les recomendó que hicieran honor a sus ilustres apellidos. El resto de la clase nos quedamos estupefactos creyendo que "Carlitos" y Yagüe "el torpe", eran ni más ni menos, que descendientes de una ilustre estirpe, o vete tú a saber. Con el tiempo, corría el año 1977, olvidé el asunto y no fue hasta más tarde cuando comprendí el consejo del "ilustre" profesor.

Han pasado más de treinta años y los apellidos de mis compañeros se iluminaron en mi mente el día del sorteo de la lotería de reyes: el gordo había caído en un pequeño pueblo de Burgos llamado San Leonardo de Yagüe. Es evidente que no podía ser casualidad tanto Yagüe. Gracias a internet y un rápido vistazo por la web del pueblo, me cercioré de que en este país nada parece haber cambiado. Este pueblo aún conserva el nombre en recuerdo de "El carnicero de Badajoz", el general franquista que se alzó junto a Franco, tomó Sevilla, Badajoz, entró en Barcelona y que entrevistado por un periodista americano acerca del fusilamiento masivo de más de tres mil civiles en la plaza de toros de Badajoz, respondió que cómo iba a dejar a más de tres mil rojos a sus espaldas en plena guerra.

Ver como Mladic u otros militares de la guerra de los balcanes son juzgados y comparar como en este país aún se honra la memoria de lo que ahora se consideraría un criminal de guerra me hace poner los pies en el suelo...., de nuevo.

Me digo que esto de salir de Barcelona para ir sólo al extranjero me ha hecho obviar ciertas cosas que pasan en las españas. Así que en honor al profesor Montoro, me doy un paseo virtual por la geografía española y encuentro un Quintanilla de Onésimo, (ahí donde el ex-presidente Aznar pasaba parte de sus vacaciones), pueblo que conseva el nombre en honor a Onésimo Redondo, un tipo que fundó la Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, racista en extremo y que más tarde, junto a Ledesma, fundaría las JONS, Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, y que en 1934 se fusionaron con la Falange Española de Primo de Rivera. Su muerte en plena guerra civil, una muerte estúpida pues confundió a militantes anarquistas con falangistas a causa del color de las banderas y fue acribillado al momento, le convirtió en mártir del movimiento. En 1961 se inauguró el monumento,(foto adjunta), en su honor en el Cerro de San Cristóbal de Valladolid, monumento que no es derribado hasta el verano del..... 2011. Increíble.

Sigo buscando y encuentro villas, pueblos y ciudades, calles, plazas, avenidas y monumentos de curiosa memoria: Llanos del Caudillo, Alcocero de Mola, Alberche del Caudillo e incluso la sede oficial de los premios príncipes de Asturias se encuentra en la plaza Primo de Rivera, cerca de la avenida de la División Azul. La verdad, no tengo espacio para todo lo que encuentro solo en Ceuta y Melilla, pero también en ciudades y pueblos que durante años han tenido gobiernos socialistas.....

En Madrid la cosa se desmadra, encuentro calles dedicadas a Yagüe, a los Héroes del Alcázar, a Ordaz, a Millán Astray, la calle de Carrero Blanco y un sin fin de tenientes, capitanes y generales cuyos méritos desconozco, pero intuyo, e incluso el pasaje del generalísimo Franco. La palma se la lleva el pintoresco pueblo de no más de 763 habitantes llamado Palomares del Campo cuyas seis calles son: Mártires de la cruzada, general Primo de Rivera, General Moscardó, Av. del Generalísimo, Av. Jose Antonio y calle de Calvo Sotelo.

Supongo que es normal que una vez pasados trescientos o más años, algunas figuras controvertidas pasen a la memoria popular y queden olvidados sus desmanes, pero en este caso estamos hablando de criminales de guerra reconocidos, dolorosamente presentes en en la memoria de muchos. Basta con teclear el callejero de páginas amarillas para comprobar que Spain is different, da grima pensar en la cantidad de gente que es responsable de tal desaguisado. La nomenclatura de calles, plazas y avenidas suele corresponder a los ayuntamientos, tal vez el órgano de poder más cercano al pueblo, y a éste, es claro, no le inmuta ni le afecta que sus calles lleven nombres de asesinos, criminales de guerra o fascistas reconocidos.

De vuelta al siglo XXI, exhausto tras leer las biografías esquemáticas de todos estos personajes me pregunto que si este país sigue sin salir del más profundo pozo de mierda, y nos va como nos va, alguna culpa hemos de tener todos por permitir esta sinrazón, alguna culpa hemos de tener por sentirnos representados por unos políticos cobardes y miserables que no se atreven ni a cambiar el nombre de una calle, ya no digo los supuestos demócratas de derecha, sino de los políticos que van de demócratas o socialistas, mientras su sede oficial podría estar en la calle Millán Astray. Los nombres de nuestras calles nos dicen mucho más de lo que pensamos, nos representan, hablan de nuestra historia y de nuestros olvidos. Me es imposible imaginar el pasear por Berlín o Hamburgo y encontrar calles dedicadas a Himmler, Goering, Heydrich, Hitler, o a la mayor gloria de Treblinka o Auswitch.

Creo que en este país hay tres o cuatro docenas de valientes, unos cientos de malvados y millares de cobardes, indiferentes a nada que no les afecte directamente, así que me extraña la valentía del juez Garzón a la hora de rescatar del olvido, de la amnesia colectiva, los miles de fusilados y represaliados. Que iluso fue al pensar que los mismos que permiten que el recuerdo de los asesinos sea homenajeado a perpetuidad en calles y pueblos, permitieran mancillar su propia historia. Si, el juez es valiente e iluso, pero nosotros, tanto los que votamos a la derecha o a la izquierda, somos cobardes. Ya no tendrían que darnos miedo esos fantasmas ni sus secuaces, pero lo cierto es que permitimos, con nuestra indiferencia, que los mismos que se comportaron como hienas rabiosas en la victoria, campen a sus anchas entre los vivos.









19/12/11

... Soluciones???

Reconforta ver la cantidad de gente que a pesar de la crisis sigue pensando que un mundo mejor es posible.
En el anterior escrito, un tanto pesimista, hacía sonar las alarmas ante la alarmante falta de solidaridad provocada por la famosa crisis. Es sólo miedo y desconocimiento: el miedo provoca incertidumbre y ante lo desconocido, nuestra mente crea el peor de los escenarios posibles y tendemos a volvermos mezquinos y egoístas. Es evidente que los políticos de nuestra era muestran una falta de ética por su trabajo, carecen de compasión por el más débil y ya no son más que burdas marionetas de los famosos mercados. Me pregunto de qué sirve ir a votar cuando las decisiones de los políticos están guiadas por los poderes reales de la sociedad. Grupos financieros, bancos y fondos de inversión deben decidir que hacer con las pensiones, con las ayudas sociales, son quienes deben velar por unos derechos adquiridos en base a una lucha que ahora parece olvidada. Sería de ilusos confiar en estos grupos para construir un mundo mejor y mucho más el creer que se nos tiene en cuenta para algo.
Es gracioso como los mercados imponen gobiernos de tecnócratas en pos de un mayor rendimiento económico dándonos a entender que esa gente en la que antes habíamos depositado nuestra confianza no eran más que una pandilla de ineptos, despilfarradores y corruptos. Puede que en muchos casos sea cierto, pero sigo negándome a creer que todos fueran así: mientras, estos presuntos tecnócratas nos quieren hacer creer que recortando toda prestación social y convirtiéndonos en mano de obra barata y callada será la solución a los problemas que ellos permitieron crecer. ¿Hasta cuando?
En vista de que el dinero es lo único que entienden, deberíamos empezar a usar sus propias armas. Creo que no vale la pena ir a votar cada cuatro años y limitarse a esperar que una gente que no conocemos de nada escriban nuestro futuro. Estoy convencido de que un euro es más poderoso que un voto cada cuatro años.
En realidad todo se reduce en ser conscientes en que invertimos nuestro dinero. Si a uno le molesta que desaparezcan los pequeños comercios y proliferen las grandes superficies, lo que debería pensar es que cada vez que va a comprar a una gran superficie, ayuda a cerrar un pequeño negocio, así que, yo mismo, si dejara de ir a comprar a seis tiendas diferentes, la verdulería de la calle Castillejos para comprar verdura, la carne en la carnicería de la calle Padilla, el pescado a la señora Chuti, el pan a la Joana, la comida del gato a la pequeña tienda de Manel, en la esquina, no tendría ningún derecho a quejarme de que el gobierno municipal no hace nada por conservar los pequeños negocios. Es cierto, pierdo mucho tiempo en ir de aquí allá, pero el día que abran otra gran superficie, y mi casa está rodeada, y cierren los pequeños comercios, no debería de extrañarme pues yo he colaborado con mi dinero. El dinero es un arma muy convincente y te proporciona una libertad de expresión que ahora es nula con el sistema democrático.
Nos entristece ver las imágenes de las hambrunas africanas, los bosques deforestados, la agonía del oso polar por culpa del deshielo, que las ciudades estén cada vez más contaminadas; son problemas que tiene una solución individual. Aunque parezca que tiramos piedras al mar, el saber que haces lo correcto y no lo fácil, te puede proporcionar el derecho a reclamar, pero si durante nuestras vidas nos aprovechamos de un sistema injusto para algunos y solo ejercemos el pataleo cuando nos rascan la oreja, me parece hipócrita y desleal para con un mismo enfadarse cuando antes te beneficiabas.
Informarse de lo que comemos, bebemos o vestimos, de cómo y en qué condiciones se ha fabricado tal o cual producto, ya no es solo un derecho, sino un deber que debemos ejercer a diario. Si una empresa no respeta los derechos de los trabajadores en tal o cual país a cambio de poder vender el producto más barato en Europa, es momento de dejar de comprar ese producto e informarnos más, pues tarde o temprano serán nuestros derechos los que se verán pisoteados para que otros puedan consumir sin freno. Que un banco tal o pascual embarga pisos sin rastro de compasión, por qué no sacar el dinero, por poco que sea, de ese banco e informarnos de que entidad tiene un trato más justo con sus clientes y hacerles merecedores de nuestra confianza. Que cierta cadena de electrodomésticos tiene en régimen de semi-esclavitud a sus empleados a cambio de unos precios muy muy baratos, pues prefiero pagar un poco más y recompensar a la empresa que cuida de sus empleados.
Parece que no somos conscientes del poder de nuestras pequeñas inversiones diarias, pero si Ellos solo se rigen por resultados económicos, es justo que quien tiene el dinero real, el pueblo, decida donde, como, y a quien, depositamos nuestro dinero, por poco que sea; total, más pequeño y ínfimo es esa papeleta inútil que introducimos en la urna una vez cada cuatro años.
Ser conscientes de nuestro dinero es una tarea más difícil y complicada que decidir a quien votamos. Requiere tomarse un tiempo para informarse, caminar un poco más en busca del comercio adecuado, andar en vez de coger el coche, reciclar en vez de tirar... y poco a poco, estoy convencido, tendríamos un planeta mejor, más limpio de alma y cuerpo.

24/11/11

.......... Harto

No es bueno escribir enfadado, por lo menos para mí: tal vez por ello lleve un tiempo alejado del blog, pero la actualidad, la sucesión de acontecimientos que parecen querer llevarse al infierno este mundo acomodado en el cual creíamos vivir me dejan fascinado y algo bloqueado.
Las pequeñas y grandes miserias de nuestro entorno se mezclan de una manera asfixiante con la realidad y la precaria situación en la que se encuentra nuestro planeta. Ya nadie parece tener tiempo para salvar al lince, proteger al rinoceronte o al tigre, o a los bosques que nos dan oxígeno, ya nadie parece preocuparse por el calentamiento global, que apenas quede el quince por ciento de las especies marinas que existían hace veinte años, o que unos millones de africanos mueran de hambre, de hambre, en el siglo XXI.
La crisis no sólo parece ser económica, sino ética. Se entrevé una alarmante falta de Humanidad, y la carestía económica de muchos es aprovechada por unos pocos para instalar el miedo, el egoísmo, la envidia y la usura entre nosotros.
Ya empiezo a estar harto de este país de fariseos, un país cainita y rencoroso donde solo parece importar el Yo por encima de todo. Pensábamos que todas las comodidades del primer mundo, ya sea el agua corriente potable, la sanidad pública, la educación gratuita y obligatoria, el aparente funcionamiento correcto de la justicia, el poder elegir o no a tus representantes políticos, los tendidos eléctricos para todos, el derecho a manifestarnos, la jubilación, el paro, las bajas laborales, la seguridad pública, etc, etc..., pensamos que nos lo merecemos porque sí. Sin dar nada a cambio, sin responsabilidad para con el estado que te lo proporciona, sin plantearnos si es justo que unos pocos millones de personas tengamos esos derechos mientras miles de millones de personas igual que nosotros llevan siglos muriendo por una diarrea por no tener agua potable, o a manos de dictadores que ayudamos a mantener desde nuestros sofás. Miles de millones de personas aún no saben lo que es una sanidad pública y gratuita, no saben los que es tener cierta justicia social, nunca han votado con total libertad, no tiene ni pajolera idea de lo que es la pensión por jubilación, ni las ayudas por familia numerosa, ni cobrar el paro cuando dejas de trabajar.... miles de millones de personas que son como nosotros, que respiran el mismo oxígeno que nosotros, que trabajan tanto a más duro que nosotros, y que solo ahora, desde que existe la televisión y la red, se dan cuenta de la tomadura de pelo a la que les han estado sometiendo sus gobernantes y sus países "aliados".
Es por ello que estoy harto de tanto quejica, de tanto llorón, de tanto agorero del miedo, de tanto "come-subvenciones". Harto de movimientos que no llevan a nada, de indignados que cuando las cosas les iban bien y el banco les ofrecía targetitas gratis, no veían razón alguna para quejarse por las injusticias sociales evidentes que nos rodeaban, a pesar de que el mundo, fuera de su urna de cristal, ya se estaba desmoronando. Tan solo hacía falta viajar un poco y darse cuenta de que personas muy válidas en aquel país u otro, tenían que vivir con el miedo a que cualquier día, por cualquier causa, ya sea un dictador inepto, unas malas cosechas por culpa de una sequía, un mosquito cabrón, una decisión de cualquier multinacional que implique asolar las tierras donde viven, podía borrar de un plumazo su mini estado de bienestar que trabajando duro, sin fiestas, sin domingos, ni santos patronos, ni puentes para descansar, había conseguido levantar.
Tan solo por una mera cuestión de equilibrio, era imposible que unos quinientos millones de personas vivieran a costa del resto de la humanidad. Hemos arrasado países, bosques, exterminado especies y provocado guerras atroces por querer conservar un supuesto estado del bienestar. Todos, porque todos queremos madera barata, minerales a precio de saldo, nos va muy bien que un chino esté en una fábrica siete días a la semana trabajando quince horas para hacer la ropa del zara por cuatro chavos, no nos importa una mierda que en determinados países "aliados", se utilicen esclavos como mano de obra, o que las mujeres no puedan descubrir sus rostros, o votar o conducir un auto, nada importa mientras el petróleo llegue baratito y con regularidad. Cuando una escucha que la deuda privada española es trece veces superior a la deuda estatal, es fácil llegar a la conclusión evidente de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y a pesar de la extrema ineptitud de nuestros gobernantes, no es de recibo exigir que sean esos mismos ineptos quienes deban solucionar nuestros problemas.
No es mi estilo ejercer de futurólogo, pero no hay que ser muy listo para saber que las "cosas" ya nunca volverán a ser como antes: aún veo políticos ejerciendo de trileros prometiendo pan y circo eterno. El mundo está cambiando a tal velocidad que los anquilosados culos europeos no tienen tiempo para reaccionar, con políticos del siglo XIX, con la cultura del esfuerzo enterrada y vilipendiada entre todos, y lo que es peor, culpando al de fuera cuando hemos sido nosotros los propagadores del virus de la supuesta abundancia, del todo vale. Una medicina que ahora se está empezando a aplicar entre nosotros. Los bancos, los políticos, los mercados, todos parecen tener la culpa menos nosotros mismos, pero seguimos permitiendo abusos al débil, encumbramos a fascinerosos, idolatramos a unos ineptos e incultos pero el mero hecho de salir en TV o jugar bien con una pelotita. El miedo se instala en la conciencia colectiva justo cuando es el momento de ser más valientes que nunca, más generosos, más justos, más honrados y empáticos de lo que nunca fuimos.
En el año 1994, el fondo de inversiones JPMorgan cualificó el valor del miedo mediante unas complejas fórmulas matemáticas. Ese mismo año se creó la famosa prima de riesgo para las deudas estatales y empezó a aplicarse con saña en países que querían liberalizarse, escapar del yugo occidental. El FMI se creó para poner en vereda a esos países "desagradecidos". Antes nos importaba poco, la sufrían países lejanos. Bien, ellos ya saben lo que es el miedo, parece justo que ahora conozcamos su fea cara nosotros, pero es eso, solo miedo....
La única manera de superar el miedo es el conocimiento.
En eso deberíamos aplicarnos ahora, a dejar de quejarnos y actuar. Tal vez tener presente las últimas palabras de Stefan Zweig escritas en sus memorias... en 1942.
-" Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caida, solo ese ha vivido de verdad"-

11/8/11

Hambre








Llevo un rato mirando y jugando con el ordenador y de repente siento la necesidad de comer algo. Me levanto, voy a la cocina y miro por encima el interior de la nevera: algo de fruta tal vez. No. Un bocata de queso o chorizo. No me apetece hacerlo. Miro el pescado que haremos para cenar y en mi interior la sensación de hambre se acentúa. Cierro la nevera y me acerco a la alacena: chips, galletas, olivas, mermeladas. No. Vuelvo al ordenador murmurando, -tengo hambre. Mi humor parece que no es bueno por culpa de esa molesta sensación ... Bueno, es evidente que no tengo ni idea de lo que es el hambre y la necesidad que se siente al tener hambre de verdad. Supongo, que mi angustia es más parecida al aburrimiento que a cualquier necesidad fisiológica. No se que tengo, pero hambre seguro que no.

Recuerdo las cenas de navidad como una competición entre los mayores para ver quien era capaz de engullir más canelones, repetir carn d'olla, comerse un trozo de pavo mientras se hacían gestos de que no escatimaran al servir el relleno y la salsa. Más tarde se competía para ver quien zampaba más turrón mientras se escuchaba la frase. -yo aún tengo un huequecito, me queda algo de hambre. No claro, hambre no era seguro. Mejor que hambre, la definición sería de gulafestiva, no siempre esos familiares eran así, pero supongo que una infancia de privaciones, la famosa posguerra, les hacía disfrutar mucho más de una mesa bien surtida en compañía de la familia y en paz.

Me encuentro con amigos que vuelven de diversos viajes tras el verano y muchos suelen repetir. -He pasado un hambre!. A dieta de arroz, de pan y pollo. Normal, muchas veces no es fácil comer en según que lugares, debes dejar atrás algunos prejuicios, no imponer las normas sanitarias de occidente y confiar que lo que comen mil millones de hindúes, o cien millones de mejicanos no debe ser tan nocivo ni mortal como pueda parecer a primera vista. Y si pica o el sabor no se adapta a nuestro paladar, es más fácil hacer un esfuerzo y comer, que pasar esa supuesta hambre voluntaria. No se como definir esa sensación de tener comida y no comer, tal vez tontería, con perdón, pero hambre seguro que tampoco es.

Nuriya Sambur Hassan es una mujer joven, de unos cuarenta años. Es alta y si no fuera por el infinito cansancio que invade todo su cuerpo, nos mostraría un rostro altivo y bello. Nuriya tiene siete hijos, tenía claro, porque estas historias nunca acaban bien. Ella no entiende de geopolítica, ni habrá escuchado nunca nombres como fondo monetario, banco mundial o mercados financieros. Ella no sabe que empezó antes, o que a perro flaco todo son pulgas. No sabe, ni nadie creo que lo sepa, si fueron los desmanes de los señores de la guerra que tienen un país secuestrado ante la indiferencia internacional, o la especulación mercantil que se practica con los alimentos básicos, o la pertinaz sequía que ha dejado sus tierras como inmensos campos de polvo, donde los bueyes, cabras y asnos han muerto de sed, donde los pozos se secaron hace más de dos años y donde los eruditos expertos de la comunidad internacional vaticinan tras sus orondas barrigas en sus bonitos despachos de naciones unidas, que no menos de 29.000 niños morirán de hambre en los próximos meses. Nuriya no sabe nada de eso, pero a ella y a su gente les han condenado a morir de hambre. De hambre... Hay que leer a Vassili Grossman, o Alenxander Solzhenitsyn, o a tantos otros grandes autores que escribieron sobre el Hambre para llegar a entender que se debe sentir al pasar Hambre. La tragedia moral que representa para la humanidad el dejar a tus congéneres morir de Hambre.

Pienso que en Europa ya pocos ancianos deben quedar con vida que hayan pasado auténtica hambre, los supervivientes de las guerras y campos de exterminio, y con el tiempo hemos vanalizado el uso de esta palabra. Nuriya cuenta al médico de msf, que de camino al campo de refugiados de Daadab, donde cada día llegan una media de mil trescientos refugiados, tuvo que comer polvo, literalmente, mezclado con un poco de agua....barro con el que hacer unas tortas. Que sus hijos apenas podían sostener la cabeza y uno a uno, fueron quedándose en el camino, de los siete sobrevivieron a un viaje de ochenta quilómetros cuatro y éstos, deberán esperar días hasta que se les de un tratamiento paliativo de urgencia y es poco seguro que sobrevivan. Recogió hierbas, masticó las raíces y las deglutió en las gargantas de sus hijos. Fue violada en el camino sin que nadie que se molestara en ayudarla o defenderla, todos están demasiado débiles y cansados de todo mientras las guerrillas siguen armándose con un material, que oh sorpresa, llega con puntualidad suiza. Los Kalashnikov, la munición del 30.06, las granadas de mano, las minas antipersona, los LAW-72 antitanque con sus respectivas municiones. Este material si parece tener una buena base logística de entrada y salida a pesar de los tan cacareados embargos y sanciones. Mientras, decenas de toneladas de comida se amontonan en Kenia, en Europa, en USA, sin encontrar una vía de acceso a un país que ni cuenta con ejército propio, ni infraestructuras de gobierno. Un país que con la mitad de los recursos destinados a "liberar" Libia podía haber sido socorrido y se podían haber barrido del mapa a esas guerrillas y grupos paramilitares.

La verdad, se me escapa que intereses tiene las grandes potencias en un país tan pobre como Afganistán, para permitir el desmantelamiento de Somalia y la condena a morir de hambre a su población. Tal vez sea el estrecho de Ormuz, el control del Mar Rojo, la proximidad de Arabia, todo puede ser y valer para unos próceres de la patria que sólo buscan nuestro bienestar.

Que no me hablen de un mundo globalizado, que mientras aquí se quejan por unas pagas, por unas dietas o por unas prevendas que, de verdad, dudo que nadie merezca, la otra mitad de nuestra gente, porque en un mundo globalizado son nuestra gente; mueren de hambre...., de hambre joder.....




11/7/11

Conmoción, empatía, 11 de julio....



La noticia llegó a primeros de abril y causó una gran pena entre familiares y allegados. Es una de esas desgracias que nunca esperas que sufriría Ella, el karma le llaman algunos, el destino, la voluntad de dios me dijeron otros, cáncer terminal de páncreas le llamaron los doctores. Una gran injusticia pensé yo: de todas las personas que hay en el mundo, entre inútiles, vagos, malvados, asesinos, corruptos y demás gente vil y prescindible que habita este planeta, le tuvo que tocar a Ella, a quien nunca vi querer mal a nadie. Ella, que cuidaba de su prole, de su círculo de amigos, de toda la red de familiares, como una gran madre osa. Ella, que había renunciado a sus sueños por amor, algo que nunca he visto volver a hacer a nadie, que perdonó hasta el infinito los errores de quienes amaba, que vivía tu dolor como el suyo propio, alguien a quien nunca le había tocado ni la rifa de la parroquia, era la agraciada de este boleto mortal y doloroso. Si hay algún dios, ese día no hizo nada para ganar un adepto a su causa.

Muchas veces me dijo que le hubiera gustado viajar, ver el mundo, ver esas gentes extrañas que veía por TV, con sus vestidos extraños, sus costumbres extrañas, pero las circunstancias a veces te llevan por caminos que nunca pensabas que hubieras caminado por propia voluntad.

Cada vez que aterrizo en uno de esos países curiosos, siento que Ella está conmigo, en como le hubiera gustado ver las tribus Mnog del norte de Laos, con sus abalorios y vestidos azules y rojos, el verde infinito de las selvas del Nang Pa, en la atención que hubiera prestado al cocinero de las islas Kon mientras cocina sopa de serpiente, sentirse mareada entre los rascacielos de Hong Kong o sentarse a disfrutar de las playas de Kerala viendo un sol gigantesco enrojecer hasta ser engullido por el mar Arábico. Como le hubiera gustado disfrutar de la explosión de color durante el festival Holi, seguro que se hubiera sentido indentificada viendo la misma devoción que ella profesaba a su Dios, reflejada en las pupilas llorosas de la mujer peregrina de Varanasi al bañarse por primera vez en el río sagrado. El gran consuelo y cariño que hubiera regalado a los huérfanos de Guatemala, la emoción y el sobresalto que le invaden a uno al ver una ballena golpear con su enorme aleta el verde mar caribeño. Sentarse a meditar un rato frente a las montañas más altas del planeta sintiendo que se está ante algo único y eterno donde la mano del hombre apenas deja marca ni recuerdo....

Desde la noticia hasta el día de su desaparición tan sólo pasaron cuatro meses, un tiempo en el que el dolor, la conmoción, el miedo o lo que fuera, me impidieron despedirme o decirle todo lo que pensaba. Ella, mientras tuvo conciencia siempre intentó animarme, darme algún último consejo, bromear. Cierto es que todo lo que no lloré junto a su cama lo he podido llorar en todos esos lugares, como si mis lágrimas fueran parte de Ella y quisieran compartir esa experiencia que nunca vivió. No son lágrimas de tristeza ni de alegría, son lágrimas amigas que brotan sin tener conciencia, de compañía involuntaria como quien se asoma a leer un periódico ajeno por encima del hombro.

Cuando yo no era más que un imbécil, recuerdo un día que la vi con los ojos enrojecidos frente a esos periódicos que siempre leía: yo no comprendí e incluso me burlé de Ella un poco: la prensa relataba los primeros indicios de lo que luego se llamaría la matanza de Sbrenica. Le dije que no se podía estar llorando por todas las desgracias que pasan en el mundo, recuerdo la mirada, su mirada de aguila enfadada atravesándome que me hizo callar al instante. -Esa pobre gente, no lo ves-, me decía, -son familias, hijos, hermanos, mujeres y abuelas que sólo quieren vivir, con sus errores y aciertos, pero buena gente, como la de aquí y por culpa de estos hombres... qué derecho tienen a provocar tanto dolor? Por qué nadie hace nada?

Esas palabras me quedaron clavadas, y poco a poco fui entendiendo que cuando la gente buena no se indigna, cuando la gente buena no hace nada y es indiferente al dolor ajeno, sea en el país que sea, de alguna manera están colaborando con los malos. Ser cobarde y ciego ante la injusticia, es otra manera de colaborar con el mal.

Cuando ella murió, un once de julio, con el tiempo pensé que era una forma de recordarme que no debía ser cobarde ni ciego, y ahora, que ya empiezo a reunir un poco de ánimo para escribir sobre Ella, y cuando los medios rememoran la matanza de Sbrenica cada once de julio, me la imagino a Ella ahí en su cielo, cada uno va a donde cree que debe ir supongo, consolando a los que también fueron víctimas de una injusticia.

Esto no le gustaría a Ella, pero espero que el ex-general Mladic muera en prisión tras una larga, dolorosa y cruel agonía que dure más de cien años,... pero también estoy feliz al ver que sigue habiendo gente buena, ni ciega ni cobarde, que han luchado para que ese tipejo y otros no queden olvidados. Me da igual que sea un juego político entre países y todo eso, lo cierto es que muchas veces, los criminales no han sido juzgados y sólo son recordados por las víctimas... y cuando ves a los pinochets de turno, a Mladic, Brdanin, Gotovina o Karadzic, entre rejas, esperas que tengan un largo juicio, una larga condena o acaben como Milan Babic, que tal vez viendo la luz, se suicidó en su celda.

En Calcuta, recuerdo a una chica mochilera enfrentándose con tres hombres que estaban maltratando a un indigente: pequeña, frágil y menuda, no dudó en encarase con esos tres tipos. Al ir ellos a encarse con ella, los viajeros que estabamos cerca nos levantamos al unísono haciendo que se retiran. Ella se giró enfadada hacia nosotros y nos dijo que deberíamos haber actuado con la misma diligencia para proteger al local que a una de nuestra raza. Cobardes, nos dijo. Ese día volví a sentir la mirada de águila atravesande mi ser y me juré que no volvería a pasar.

A menudo, los corazones de león se esconden bajo apariencias frágiles y delicadas.

14/3/11

otra de maestros.....
















Se llama Kiuko Shyuzuke, aunque tras más de cinco años en India siguiendo las doctrinas brahamánicas, cambió su nombre por Do Do. Dudu, para los amigos. Lo conocí en Guatemala, más concretamente en San Pedro de Atitlán, y bien puedo decir que mi vida ya nunca volvió a ser la misma tras conocer a esta especie de maestro. Dudu trabaja de jardinero zen en California, y su estancia en Guatemala no fue más que un fruto de casualidades tan curiososas y complejas como las que me habían llevado hasta ahí a mí también. El destino, el karma, vete a saber, lo cierto es que para un servidor, el estar cerca de las enseñanzas de Dudu, fue sin duda alguna, ahora puedo afirmarlo con el tiempo, el boceto de lo que sería una nueva persona. Borró la desconfianza, el rencor, me hizo crecer... y también perder una gran parte de mis miedos. Le comentaba en broma no hace mucho por correo, que su presencia en mi vida fue como la de un tunel de lavado de almas.

Dudu no es un gurú al uso, ni se plantea ejercer como tal, supongo que es su actitud frente a la vida lo que le convierte en maestro involuntario a quien se quiera fijar un poco.


Siempre curioso, nunca parecía avergonzarse por preguntar una palabra que no comprendía, por saber si tal o cual vegetal era comestible y de que manaera cocinarlo. En su pequeña libreta iba apuntando las expresiones coloquiales: hondureñas, "chapinas", guatemaltecas, canadienses, tacos españoles, franceses o israelíes, apuntando su significado con esa increíble caligrafía nipona. Preguntaba dos y tres veces hasta cerciorarse de que su pronunciación fuera la adecuada. Usaba esas expresiones siempre para hacerte sentir un poco mejor, como muestra de respeto..., al segundo día de conocernos ya me dio los buenos días con un "he dormido de puta madre" apuntado en su libreta desde tiempos atrás, que dicho con su acento japonés, hacía que te murieras de risa. Me propuse, el tiempo que estuviera con Dudu, intercambiar palabras del japonés al español.

Es sorprendente de lo que somos capaces si ponemos un poco de atención, cariño y dedicación a cualquier empresa. Me enseñó que es preferible hablar muy poco pero con correción, que dárselas de políglota y destrozar un idioma y la sensiblidad del que escucha.


No dudaba en probar los platos que cocinábamos, siempre que no hubiera un animal muerto en ellos, pero al final todos acabamos adoptando su especial manera de comprender la alimentación. Ir al mercado de San Pedro con él fue una autentica revolución mental: Dudu se interesaba por todos y cada uno de los vegetales, de las frutas y de las especies que pueden llegar a poblar un mercado situado en un país fértil y tropical como Guatemala. Un servidor, que ya llevaba tres meses y aún no había probado ni el treinta por ciento de ellos, me encontré casi obligado a desesperezar el paladar. Me enseñó a que se puede comer en cualquier país del mundo, sin sobresaltos ni peligros con tan solo poner un poco de voluntad. Es cuestión de desterrar esas manías que arrastramos desde la infancia. -esto no me gusta, esto no lo pruebo....


Muchas veces pensé que él lo había tenido más fácil: criado en el casco antiguo de Kioto, su familia lleva residiendo en la ciudad imperial desde hace más de cuatrocientos años. Su padre, su abuelo, su bisabuelo, que fueron mestros de caligrafía, le inculcaron una manera de actuar, de interelacionarse, que para un mediterráneo resulta desconcertante. Educado hasta extremos increíbles en el respeto a cualquier forma de vida, cuando me escuchó decir que había que matar a las malas hierbas, casi se muere de risa: - hierbas malas, ja ja, no hay hierbas buenas o malas- decía sin para de reír.

Siempre parecía interesado en los problemas de los demás, escuchando con atención y sin interrumpir y no le ví dar un sólo consejo gratuito. Al contrario que muchos viajeros, tampoco lo escuché alardear de sus trayectos, peripecias o "hazañas". Discreto, amable, no podía comer sin invitar a quien estuviera a su alrededor. Honrado y confiado como pocos su casa siempre estaba abierta para todos. Seguro que tenía problemas, como todos, pero como pocos, apenas me explicó un par de sus cuitas que tenía en la cabeza. A pesar del caos que a veces podía reinar a su alrededor, nunca le ví perder la calma y siempre, siempre, pasara lo que pasara, no dejaba de realizar su puja, su oración vespertina, de la que siempre salía con una gran sonrisa. Me sentí honrado por su confianza......

Cada vez veo a mi alrededor más gente maleducada, más gente servil hasta extremos vomitivos, cínocos y desconfiados, cada vez escucho más gente explicando sus problemas sin pensar si merecen ser escuchados por los demás, más gente que grita, que se insulta, tanto en la calle como en los medios, más gente a quienes sólo le importa su propio yo. Gente con manías, con fobias y perezas, gente que alardea de su ignorancia y desdeña el conocimiento.

Estamos rodeados de chinos y pakistanís y me atrevo a decir que la casi totalidad de los barcelones no saben dar las gracias o los buenos días en sus idiomas...., exigimos que aprendan los nuestros, pero parece ser que se carece de la mínima curiosidad, de la mínima empatía por conocer algo más del Otro.

Echo en falta a este amigo y maestro, y cada vez que estoy a punto de contestar con brusquedad, cada vez que siento pereza por tener que aprender algo nuevo, cada vez que voy al "chino" o al "badulake", intento parecerme un poco más a él. Supongo que así deben ser los maestros, modelos involuntarios a los que el alumno debe acercarse por voluntad propia, no por imposición.


Hablé con Dudu unos días después del terremoto, me dijo que su familia bien, que sus amigos bien, que Kioto está lejos del desastre... como siempre, tranquilizando a los demás.








2/11/10

Tirando piedras....


Uno de los triunfos del fascismo alemán fue conseguir repartir la culpabilidad de su horror con la totalidad de la población: mediante mentiras, razones populistas, y promoviendo una especie de confusión general, consiguieron implantar un sistema que consiguió exterminar a seis millones de seres humanos en apenas cuatro años, de manera ordenada y despiadada, sin que el grueso de la población reaccionara ante tal horror. Un estigma, que como dice mi amiga Claudi Henke, se sigue arrastrando en cuanto sale de su frontera aún sesenta años después. El fascismo nazi consiguió que todos los alemanes tuvieran, con agrado o no, su parte de culpa y castigo de aquel horror.
Es ahora, 65 años después, cuando salen a la luz hechos terribles: tres millones y medio de alemanes fueron asesinados tras la guerra, dieciséis millones fueron expulsados de sus casas, más de doscientos mil nacimientos en 1946 producto de violaciones masivas. Es una insensatez pensar en castigo hacia los culpables, de que esas desportaciones, esas violaciones y esos asesinatos, castigaran a los verdaderos culpables. La ira y la brutalidad de los vencedores quedó oculta bajo el paraguas de palabras como justicia y libertad.
El silencio, la no rebeldía durante las tiranías es siempre excusable; en todos los estados totalitarios la lucha contra el sistema es una cuestión de vida o muerte, de libertad o prisión... pero ese silencio cómplice ante las barbaridades de un sistema, es el triunfo del mismo. Las tiranías, ya sea en nombre del Partido, del Movimiento, o el Sistema, quieren encauzar la vida misma, pero eso es algo imposible.
El hombre lleva siglos intentando alterar el discurrir de la vida, pero cuanto más viajas, supongo que tomas certeza de que entre oprimidos y opresores, entre ricos y pobres, entre tiranos y esclavos, se dan muchas más coincidencias que diferencias.
Un niño juega y cae al suelo raspándose la rodilla. El niño llora y la madre lo consuela. Un niño escucha el brutal estampido de un AGM-129ACM lanzado desde un B-52H sobre Bagdag, el niño llora al ver la cara aterrorizada, ya muerta de su padre, sin entender qué ocurre en el mundo. Una niña llora en el corazón de África mientras su abuela es arrastrada al exterior de su choza... Si pudiéramos recojer esas lágrimas, las del niño que llora porque su tiempo de Play ha terminado, las del hijo aterrorizado que llora la pérdida del padre, las de esa niña violada en África, veríamos que todas esas lágrimas tienen el mismo sabor, la misma composición química, pues brotan de la misma fuente.
Un adolescente suspira al ver pasar a la chica de sus sueños. Ese primer amor sucede a diario, y por igual, tanto en los callejones de Benarés, como en la calle Serrano de Madrid, o en una aldea perdida de África. El adolescente duda en como encarar la situación, tartamudea, se sonroja. La famosa bilirrubina, el tartamudeo, la esperanza.., es igual para todos ellos.
Un anciano se despierta sobresaltado en plena madrugada, en esa hora incierta en que la muerte suele aparecer. Piensa en cuantas madrugadas más podrá ver y se deprime. Al cabo de unas horas, ese mismo anciano nota la presión de los pequeños dedos de su nieto en su mano y siente que la vida es bella y vale la pena vivirla. El anciano comprende que será él quien deje a la vida y no la vida quien le abandonará. Este pensamiento le consuela. Ese anciano, bien podría ser ese estafador de Madoff, el señor Hassib de Delhi, mi tío Pere y patriarca de la familia, o la señora Anna Mburano en una aldea del Congo.
Muchas veces, el sistema es tan fuerte, está tan implantado en una sociedad, que es imposible cualquier atisbo de rebelión, y sus ciudadanos acaban convirtiéndose en una especie de cómplices silenciosos y acobardados.
Leo en opiniones de gente muy dispar la misma coincidencia: estamos encaminándonos, si no lo estamos ya, hacia un totalitarismo financiero: el poder político desaparece y parece que el Dinero, el Mercado, se han convertido en el nuevo Hitler o Stalin del siglo XXI. Los sistemas políticos admiten su incapacidad para gobernar en el mercado financiero. Ya nadie sabe el porque sube la luz, cierran o abren los créditos, o suben y bajan las hipotecas. Sencillamente nos adaptamos a ello, como otros se adaptaron al fascismo, a Stalin, a Mao. Cuan más dura es la crisis, menos parece importarnos de donde provienen los productos que usamos, tan sólo nos interesa que se adapten a nuestro bolsillo.... Pero eso no deja de hacernos cómplices silenciosos de ciertas barbaridades que se cometen en nombre del sistema, ni debe dejar de recordarnos ese vínculo común que compartimos con todos los humanos.
Hoy me he sentido así, culpable, cómplice silencioso, y por tanto, responsable ante unos hechos terribles. Sin ser colaborador necesario, sin estar de acuerdo, enterándome unas semanas después, a miles de quilómetros de los hechos...., pero aún así, me siento culpable por seguir en silencio, por no poder hacer nada.

La noticia surgió a primeros de agosto y es ahora cuando ya se saben todos los detalles. Los hechos se repetieron, digo repetieron, pues llevan sucediéndose desde hace unos trescientos años en la región de Kivu, Congo.
Una aldea de esas que vemos en los reportajes de televisión: las montañas del norte del Congo envueltas en nieblas, chozas de barro con techos de paja diseminadas entre árboles. Pequeñas sendas de barro rodeadas de selva, algunos pequeños cultivos y una decena de cercados para cabras. Un paisaje idílico. Una aldea de bonito nombre. LUVUNGI.
El 30 de Julio irrumpieron en la aldea unos trescientos paramilitares que custodian o luchan por el control de las minas de coltán de la zona. Los grupos rebeldes tienden a acometer cuentas más atrocidades mejor para obtener beneficios cuando el gobierno los integre en la milicia. Durante cuatro días violaron sin descanso a las 297 mujeres de la aldea con edades comprendidas entre los cinco y los ochenta años.
El relato de que Anna Mburano es estremecedor. Entraron en su choza, abofetearon a los niños y la arrastraron al exterior. -"Me tumbaron de espaldas y empezaron a violarme cuatro hombres vestidos con ropa militar". El suplicio duró toda la noche. - " A la mañana siguiente conseguí arrastrarme hasta la choza, sangrando por todos lados para comprobar que mi nieta también había sido violada. Volvieron de madrugada y en la aldea ya no se escuchaban gritos de terror como en la primera noche. Al tercer día todo fue silencio..."
Anna Mburano tiene ochenta años y posa así de digna para el fotógrafo de AP.... duele mirarla.
La tortura duró cuatro días sin que los cascos azules desplazados a la zona, a pocos quilómetros, se enterara o hiciera ademán por enterarse. Creo que sería absurdo penalizar en su totalidad a esos desgraciados hindúes que ejercen de fuerza de paz en territorio de guerra...absurdo. Enviar tropas de paz a un conflicto armado tan sólo sirve para aliviar ciertas consciencias occidentales.
En una tierra donde las mutilaciones, el rapto de niños para convertirlos en soldados, los asesinatos masivos, ya no parecen ser noticia, las violaciones masivas se han convertido en la nueva arma de guerra en el Congo.
A pesar de compartir el mismo aire que respiramos, la misma agua que bebemos... las súplicas y los gritos de terror no llegaron hasta nuestros oídos. Busco el nexo de unión que tengo con Anna: recuerdo a mis abuelos, a mi vecina de ochenta y tres años, su fragilidad y devoción por sus nietas, a mi tío, a las viudas de Benarés..., y no alcanzo, ni remotamente, a comprender que puede habitar en el alma humana para cometer actos semejantes. Como puede haber empresas que se beneficien del terror. Consumidores a los que no nos importa o preferimos ignorar la procedencia de una materia prima impregnada de sangre y dolor.
Mis dedos sueltan con asco el teléfono móvil compuesto por un metal que ha llevado el terror a los últimos años de Anna. Pienso en la manipulación que sufrimos, en cómo las grandes multinacionales parecen saber con exactitud mis necesidades o mis deseos.
Estoy convencido de que la gente toleraría una forma de consumo responsable con tan sólo ponerse en la piel durante sesenta segundos, de las noventa y seis horas de terror y dolor, de humillación y desprecio, que sufrió la señora Mburano por culpa de un mineral que nunca llegará a consumir y ni sacar provecho de ello.
El recuerdo de Anna Mburano me hace redoblar el compromiso por saber de donde provienen esas materias primas que consumo a diario. Tomar conciencia de lo que consumo y actuar conforme a ello..., y desde esta pequeña plataforma intentar crear un minúsculo eco para que los gritos de Anna y su gente no se desvanezcan para siempre.
Hay momentos en que uno cree que cualquier acción parece infructuosa ante esta enormidad. Los sistemas siempre intentan parecer indestructibles..., es entonces cuando recuerdo una frase de una escritora norteamericana, no recuerdo su nombre, que trabajando como corresponsal en el bando republicano durante nuestra última guerra dejó escrita esta significativa frase...
"No sé que efecto producen las piedras que tiro en el estanque, pero yo, tiro piedras..."

Fuentes y recomendaciones.
* Después de Reich, crimen y castigo en la posguerra alemana. Giles MacDonogh. (Galaxia Gutenber)
* Mass rapes in Congo. The New York Times. Jeffrey Gettleman.
* La guerra del coltán. Sonia Aparicio. El Mundo
* Violaciones masivas como arma de guerra. Ramón Lobo.
* El corazón de las tinieblas. Josep Conrad.
* Los ojos de la guerra. Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez.
* Vida y destino. Vassili Grossman
























20/10/10

Inocencia....



A Maria.
Si algún día lees estas letras de tu tío, d'aquí uns anys, ya sabrás la verdadera identidad de los reyes magos, y como a todos, esta reveladora información no te vendrá por parte de quienes crearon la fábula ni allegados. Aún no he conocido a nadie que los descubriera de esta manera. Será un mal día, seguro, el conocimiento desbancará a la inocencia...
Una de las razones de que esto sea así, es que a tus padres, por nada del mundo les hubiera gustado ver como perdías parte de esa inocencia. Si fuera por ellos, por todos los padres, esa ilusión que habita en tu corazón la noche de reyes podría durar toda la vida; todos sabemos que no debe ser así, pero de todas maneras los padres siempre esperan a que un amigo o enemigo de la escuela, un hermano mayor, o una mayor percepción de los hechos, (hacerte mayor)... se encarguen de la ingrata tarea.
Esta historia, si, otra batallita, tal vez te haga creer que los reyes magos pueden seguir existiendo siempre que lo desees.

Agra 2010- Nasser.

-My friend, my friend, ey, Xouan!. Ahora si que nos giramos, Marina y un servidor, hacia la multitud de taxistas que hay siempre en la rotonda que da acceso a los jardines del Taj Mahal. En esta zona, es normal sentirte acosado por la multitud de guías y taxistas que no dejan de llamarte y seguirte ofreciéndote sus "amables" servicios, pero de ahí a oír tu nombre. Nos giramos y ahí estaba, caminando hacia nosotros con los brazos abiertos mi amigo Nasser.
No ha cambiado mucho desde la última vez que lo vi: la misma enorme y blanca sonrisa, desproporcionada en su pequeño y oscuro rostro, pero en consonancia con la intensa y brillante mirada que parece traspasarte. Más delgado, sin apenas cintura, tal vez un poco menos de pelo. Juraría que es la misma camisa con la que lo conocí dos años antes, una vieja y limpia camisa que envuelve un pequeño cuerpo duro como el acero, como comprobé después del fuerte abrazo que me obsequió. Marina, los turistas, los otros taxistas, todos parecen mirar divertidos el extraño reencuentro.
Conocí a Nasser en diferentes circunstancias: llegaba a Agra tras un viaje directo desde Pokhara, Nepal, y llegué muy, muy cansado a la ciudad del Taj y con pocas ganas de charla o hacer amistades. Las casualidades de la vida me pusieron a Nasser como taxista y quizá fuera su cháchara constante, sus bromas, su curiosidad..., bueno, fue mi taxista, primero, y mi amigo después, durante tres días.
Volví a verle el siguiente año y seguía igual. Es un tipo honrado que prefiere una buena charla con un chai entre las manos que ir a buscar comisiones a costa del turista. Al irme, le dejé un regalo para su tío, que yo no sabía si existía o no, pero que según me dijo, necesitaba ir al médico o algo así. Quinientas rupias, unos diez euros..., ni llega. Le creí, quizás porqué no me ofreció droga, ni buenos prostíbulos, ni la pensión de un amigo, ni quiso estafarme en el primer trayecto, como a veces sucede en todos los países, así que lo consideré un regalo hacia alguien que estimaba. Un tipo de treinta y pocos años que podría ser cualquiera de nosotros..., basta con nacer unos miles de quilómetros aquí o allá.
Decir que Nasser es taxista es un eufemismo,(busca el diccionari), Nasser y otros como él, unas decenas de miles, son hombres-bicicleta; pedalean doce horas diarias llevando gente y mercancías, eso cuando hay clientes, arrastrando un remolque que ya de por si pesa unos treinta kilos, condicionados por monzones, veranos abrasadores y una mayoría de clientes, los propios nativos, que les tratan como bestias de carga. El sueldo de Nasser, y él es un privilegiado por vivir en Agra, ciudad turística, no supera casi nunca los dos euros diarios, y de esas ciento y pico rupias, debe pagar una cuarta parte al propietario de la bici-taxi, para luego hacer frente a todos los gastos de una casa....
No hay castas de hombres bicis; son, la mayoría, (aprovecho para recomendarte un libro, "La ciudad de la alegría" de Dominique Lapirre), campesinos a los que una mala cosecha, un monzón tardío, o un mal amo, han acabado por hacerles emigrar a las ciudades y verse obligados a realizar uno de los peores trabajos de la India...., que ya es mucho decir..
Cinco días en Agra y Nasser cuida de Marina como un perfecto caballero, me deja llevar su taxi hasta que reviento a los veinte minutos, nos acompaña a casi todos lados, y en una de nuestras charlas, me pregunta si este año también tendrá regalo. Nos reímos, -por supuesto, le digo. Marina me dice si nunca he pensado que Nasser se pueda estar aprovechando de nuestra buena voluntad. No creo, le comento: para Nasser, el tener un amigo occidental, de los miles que pasan a diario cerca del Taj, es una cosa buena que le pasa, de tantos taxistas, de tantos turistas...., el no se pregunta porqué un tipejo de Barcelona se ha convertido en su amigo. Su familia, su gente, él mismo..., ni por asomo se creerían o imaginan la manera en que se vive en occidente. El mundo de donde nosotros venimos está mucho más lejos para ellos que el país de Nunca Jamás de Peter Pan.
No hay una razón, sucede. El intuye que sucede porque es buena persona, porque cuida de su familia y es honrado, aunque demasiadas veces a comprobado que los "malos" también tienen suerte. Así que, ¿para qué hacerse más preguntas?....
Y, por parte mía?..., aunque sólo fuera desde el punto de vista occidental, o el de un viajero que busca experiencias; Nasser me ha dado mucho más de lo que me costará su regalo. ¿Cuanto pagaría a una agencia de viajes por descubrir y ver todo lo que hemos visto con él?
Hemos conocido una ciudad por la que muchos pasan tan sólo viendo el Taj. Hemos ido a su casa como invitados, hemos visto como viven, cocinan y duermen: la familia de Nasser viven en dos minúsculos cuartos cuyos únicos muebles son un catre pelado por habitación. Ahí viven la suegra de Nasser, las dos cuñadas, su mujer, el tío de Nasser, (si, si que existe y es un tipo encantador), tres sobrinos, el hermano de Nasser y su mujer..., dos cables pelados alimentan unas tristes bombillas en cada habitación. Sin agua corriente, sus únicas propiedades parecen ser un horno de arcilla que alimentan con turba, cuando hay dinero o con mierda de vaca seca mezclada con paja cuando no, una rudimentaria muela con la que el hermano de Nasser pule pequeñas esculturas de mármol que luego vende a los chavales que están acosando turistas creca del Taj, una cabra embarazada, que es, por su explicación, como el fondo de pensiones de la abuela, y un par de viejas maletas donde me explican que guardan el ajuar de su mujer..., nada más.
Tan sólo Nasser y su hermano hablan inglés y nos quedamos observándonos toda la familia mientras intercambiamos sonrisas y sorbemos con cuidado un té hirviendo con leche de cabra recién ordeñada. Niños de casa vecinas vienen a contemplar los extraños visitantes. Nasser nos dice que su tío nos invita a cenar señalándome una pequeña olla reposando sobre el tandori. Cordero y chapari, me dice relamiéndose. Se relamen todos, me doy cuenta de que esa gente lleva todo el día sin comer, estamos en Ramadán, el sol ya se ha puesto y son diez o doce a repartir: nos invitan y me siento muy afortunado...
Nasser nos acompaña a través del oscuro barrio musulmán hasta la carretera cerca del hotel, es peligroso ir solos y se extraña de que nos negáramos a comer con ellos, pero como siempre, nos muestra la mejor de sus sonrisas mientras quedamos para el día siguiente. A Marina se le escapa una lágrima.
El día de nuestra despida es triste para todos, Nasser ya tiene su regalo que ni se molesta en contar, un regalo es un regalo..., y empiezan las despedidas. Nasser ya no sabe que hacer para alargar el momento de nuestra partida, nos ofrece un último chai, me interroga con preguntas absurdas acerca de horarios, climas, duraciones de vuelo. Como no sabe escribir, hemos de buscar un tipo que transcriba la dirección de la familia para así poder enviarles fotos y recuerdos. Es un tipo especial, inocente, que no tonto, nunca confundas estos términos...y sinceramente, creo que es mi deber, adquirido por voluntad propia, el cuidar un poco de él..
Con el tiempo aprenderás que la inocencia se pierde en base aumenta el conocimiento, el conocimiento te vendrá por los padres, por la escuela y la vida en general, pero ese conocimiento deberás saber transformarlo en sabiduría, lo cual requiere tanto o más esfuerzo que el aprendizaje. Mucho más tarde comprenderás, de eso estoy seguro, que el deber de las personas "sabias" es velar por los inocentes de este mundo.

3/9/10

Valor


Tengo la sensación de que apenas nos detenemos en valorar palabras que solían definir la verdadera esencia de las personas: coraje, humildad, sabiduría, nobleza, humanidad, valor, cobardía, maldad, ignorancia, etc... Palabras que pronunciadas ahora, en nuestro ambiente habitual, suenan a pasadas de moda, arcaicas, inútiles, y que incluso incitan a la risa irónica si no están respaldadas por otras como dinero, propiedades, nivel social, celebridad, (que diantres querrá decir eso??), se cataloga a la gente por el número de apariciones en la televisión. De nada sirve poseer el don de la generosidad, (se te considerará un iluso), nadie aprecia el valor, (sólo el provecho) y parece que entre todos hemos construido una sociedad poseída por el miedo a la pérdida material, muchos hay que venderían a su familia si vieran amenazado su patrimonio.
Tengo la suerte, y recuerden ustedes que la suerte también debes buscarla, de compartir mi vida con un ser extraordinario; sus valores éticos siempre son más importantes que su propio beneficio. Un ser a quien su extrema sensibilidad y empatía con el Otro le resulta muchas veces una experiencia dolorosa. Una persona que no me deja tirar un hueso de aceituna al suelo, justo al salir del mercado, debido al peligro que éste representa para los ancianos que puedan pisarlo..., y me lo dice tan seria y convencida. Poseer el don de la sensibilidad está cada día peor considerado, el pragmatismo impera y la sensibilidad suele confundirse con inocencia, debilidad o falta de coraje..... pues no, Marina tiene además un valor fuera de lo común....., me explicaré.
Cuando uno se plantea realizar un esfuerzo con el fin de conseguir un objetivo, el miedo no suele ser un factor determinante. Un escalador, por ejemplo, puede llegar a sentir miedo en un momento concreto de la escalada, pero no padece de vértigo, así que atribuirle valor a la pasión, no tiene nada de cierto. Tiempo atrás creí que era valiente por salir con una mochila y cuatro perras a perderme por el mundo, algunos te dicen, ¡Qué valiente!..., nada de eso, si uno se ha criado con libros de aventuras y el mejor poster fue un mapa del mundo, nada hay de especial.
El miedo que paso en muchos momentos, es rápidamente compensado, y con mucho, por el placer del viaje en sí.
Con el tiempo aprendí que cada uno de nosotros somos la suma de valores y defectos, de nuestras pasiones y de nuestros miedos, no en vano, nacemos con el miedo incorporado en nuestros genes y vamos sumando miedos inculcados y los de propia fabricación a nuestra vida: no es de extrañar que sobrevaloremos la palabra seguridad e infravaloremos la belleza de la incertidumbre.
Quien más quien menos reconoce con facilidad sus propios miedos: unos al compromiso, otros a la muerte, a la vejez, a los aviones, a las arañas, a los espacios cerrados, al mar, a las aglomeraciones.... Más difícil es comprender el miedo no compartido, y por lo que he comprobado, somos bastante inflexibles al juzgar los miedos ajenos.
Marina tiene, más bien tenía, miedo a viajar, le aterraba pensar el estar dentro de un avión nueve horas para después aterrizar en un país desconocido, con una cultura radicalmente opuesta a la nuestra, un idioma incomprensible y sin nada controlado ni reservado, ni nada...., tan sólo fiándose de mi..., pocas veces alguien ha puesto tanta confianza en mi persona.
He aprendido, viajando con ella, que una persona valiente, alguien que tiene Valor, es alguien que se esfuerza en superar sus propios miedos. Una persona que comprende que los miedos corrompen la propia esencia de nuestra libertad personal. En una sociedad acomodaticia como la nuestra, es fácil rehuir nuestras fobias y vivir en un ambiente donde podemos, en base a nuestras posesiones, mantener alejados esos miedos y seguir viviendo una vida que mal llamamos "normal". ¿Para qué correr riesgos?
Ver como ella superaba sus miedos, su motivación y fuerza personal, me ha hecho ver con claridad mis limitaciones, he comprobado que me queda mucho por hacer.....
Gracies guapa.

sensibilidad.
(Del lat. sensibilĭtas, -ātis).
1. f. Facultad de sentir, propia de los seres animados.
2. f. Propensión natural del hombre o la mujer a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura.
3. f. Cualidad de las cosas sensibles.
4. f. Grado o medida de la eficacia de ciertos aparatos científicos, ópticos, etc.
5. f. Capacidad de respuesta a muy pequeñas excitaciones, estímulos o causas.
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30/7/10

Mangalore....tristezas


Una pregunta inocente, una de esas preguntas de fácil respuesta que hacen los que van a visitar un país por primera vez, fue la que me trajo una extraña asociación de ideas, un pensamiento que enlazó sin sentido aparente con otro y éste con otro, hasta unirlos en una extraña simbiosis difícil de explicar, pues tal vez sólo tenga sentido para un servidor. El caso es que la pregunta y su posterior respuesta me hizo cavilar durante el resto del día dejándome sumido en una melancólica tristeza, y al cabo, con la esperanza de vislumbrar un poco más de luz entre las dudas que siempre tenemos los que nos preguntamos en silencio y rara vez encontramos respuestas.

- ¿Y podré dar de comer a los perros?. María José viaja a la India por primera vez y esa era una de sus dudas, lo que ya de por si nos da una idea de la especial sensibilidad que atesora, preocupada ella por todo y por todos. Le han contado que los perros son tratados de manera mezquina por los humanos por considerarlos reencarnaciones de formas de energía malignas. No es del todo cierto contesté: los perros son una de las "castas" bajas entre los animales, pero no por ello se les niega el derecho a la vida, a la libre circulación y a la reproducción; lo que bien mirado, es mucho más de lo que se les ofrece en occidente, donde sólo son reconsiderados por su utilidad o belleza y los que no, son sencillamente abandonados y exterminados. Además, hasta el gran Siva, recalco en falso tono erudito, cuando adopta su forma más destructora y malvada, cambia su montura habitual, Nandi el toro, por la de un can común y callejero. Es por lo tanto un animal más en el inmenso panteón hindú.
Le cuento que una vez intenté redimir los pecados de mis vidas pasadas dando tres vueltas sobre mi mismo mientras hacía acto de contrición ante la única figura, según me explicaron, que existe en la India representando a Siva sobre un perro: se encuentra cerca del templo de Kali, unos callejones más atrás de Lalita ghat en la ciudad santa de Benarés, y la imagen, puedo afirmarlo, es estremecedora.
Así que, por supuesto que puedes dar de comer a los perros, le contesto, nadie te dirá nada. Le cuento también, que en Delhi, cuando algunos habitantes de clase media alta propusieron construir algunas perreras para controlar y eliminar a las cada vez más frecuentes manadas de perros que vagan a su aire y pueden llegar a ser un peligro, el grueso de la sociedad se alzó indignada. Que tengan una mala existencia no implica que deban asesinarse.
Pensé que esos perros tal vez tengan una vida más afortunada que muchos perros europeos, pues durante su corta y miserable existencia, son libres de vagar a su antojo, olisquear traseros, fornicar cuando y donde pueden, comer basuras de todo tipo, dormir cuando tienen sueño, y como describe a la perfección Tom Auster en Tombuctú, parecen incluso capaces de elegir su destino....., a mí, pese a sus sarna y sus pulgas, me parecen más felices que esos perros de ciudad abandonados en hogares, o pudriéndose en perreras antes de ser exterminados, o a los que están condenados sin comunicación posible con nadie de su especie, a los que son castrados y disfrazados de marionetas, y los más, aguantando las neuras, depresiones y soledades de unos humanos que no tenemos quien nos haga compañía cuando tampoco servimos para nada, pues en nuestra sociedad, como explico a mis amigos Krish y Vijay, no tan sólo somos despiadados con el resto de los animales.... en ese instante apareció en mi memoria el cementerio de barcos del puerto de Mangalore.
Era mi segundo viaje por India y una estúpida curiosidad me hizo cambiar el rumbo para ver la ciudad, que descubrieron primero los árabes y que luego Vasco de Gama primero y decenas de europeos después, establecieron como punto de descanso, avituallamiento y reparación, en su viaje hacia el golfo de China. La verdad es que, como suele ser habitual, me llevé un decepción, acentuada por unas violentas fiebres intestinales que me dejaron para el arrastre durante una semana, lo que no me permite ser justo del todo. Una ciudad enorme y contaminada, moderna en los parámetros hindúes, donde las playas y el puerto que relataban los libros de mi infancia habían sido substituidos por grandes dársenas portuarias, bloques de cemento, aguas grises y pestilentes y tinglados de contenedores de todos los países del mundo. Me dejé llevar por el suave y cálido viento que proviene del mar de Arabia y siguiendo el puerto hacia las primeras playas que se adivinaban unos kilómetros más al sur, intenté imaginarme como sería cuatrocientos años antes.
En los despalmadores y atarazanas debería haber una actividad frenética: carros tirados por bueyes trajinando madera de los Ghates Occidentales para reponer mástiles y cuadernas, mercaderes contando y pesando cada onza de clavo, pimienta de Kerala, o el precioso azafrán venido del las remotas tierras de Cachemira. Montones de mangos, piñas y papayas y todo tipo de pescados ahumados. Mujeres tejiendo drizas o cosiendo redes de pesca, críos cargando agua potable en barriles, estibadores y esclavos sudorosos trabajando bajo el silbido del látigo mientras suben y bajan por las estrechas pasarelas. Como en las buenas novelas: playas tropicales y marineros sedientos, curtidos por la sal y la soledad mirando con un ojo las tabernas y con el otro las encantadoras mujeres morenas y de grandes ojos negros, tan diferentes y tan iguales a las que dejaron meses atrás en la península.
Iba pasando el rato cada vez más animado, pues bien es cierto que sólo vemos lo que deseamos ver, cuando fui a topar con el cementerio de barcos. Ahí, lejos de toda actividad, en una cala sedienta de mar, se acumulaban decenas de naves: cargueros, petroleros, barcos de pesca, remolcadores, un par de fragatas militares y toneladas de hierro y acero desguazados por la eficaz mano de obra barata hindú. Observé como algunos conservaban las estachas amarradas en oxidados norays, otros, quizá fruto de la marea o de alguna tormenta monzónica, se amontonaban sobre los más antiguos, aplastándolos sobre la sucia arena llena de petróleo y manchas de aceite, quebrándolos al fin con su peso hasta solo parecer masas informes de metal oxidado. Las pocas señales de vida eran unos cuantos trabajadores y un par de águilas volando unos doscientos metros más arriba, tal vez mirando perplejas en que convertimos los hombres lo que ya no necesitamos. Sentí una lástima infinita por esos barcos, por los marineros que ya no estaban..., por nacer demasiado tarde, ¿Quién sabe? Esos barcos no tuvieron una muerte digna.
Un barco, me dije, debería navegar siempre, de vez en cuando no está de más tocar tierra firme, pero el resto de su vida debería transcurrir en el medio para el que fue creado, como esos perros hambrientos, como nosotros. Tuve la certeza en ese instante de que la inmovilidad...pudre.
Me prometí que nunca me dejaría oxidar, abandonar y pudrir en cualquier puerto cuando sea innecesario y nadie se acuerde de mí. Que como esos barcos, todos deberíamos tener la oportunidad de una última travesía, un último trayecto, tal vez en busca de esa ola gigante, del Tifón de Conrad, y que tras vivir y luchar en su elemento, al fin descansar para siempre en el fondo de su mar y no siendo pasto de miradas tristes, de un desguace lento y humillante y un abandono eterno, hasta terminar sin ser reconocidos.
Así que de esos perros vinieron estos lodos, recordándome que las estachas sólo son necesarias cuando las pones de propia voluntad, que no deberíamos dejar que los sueños se alejen por miedo a una tormenta o la incertidumbre. Que más vale una vida algo desgraciada, insegura y muchas veces triste, pero real, con sus pequeñas pero inmensas alegrías, que una vida eternamente falsa, sin arrugas ni malos olores.
Sin duda, el final es el mismo para todos, pero señores, hay maneras y maneras de acabar.
A Don A.P.R. por enseñarme a leer....

1/7/10

India, first day....







Unos cuatro millones y medio de turistas visitan la India cada año; para algunos es el viaje deseado, para otros es un país más en sus vacaciones estivales, algunos creen que ahí encontrarán cierta luz. Muchos, hechizados por vete a saber qué razón, volvemos y volvemos, y para otros, es sencillamente su primera vez.

Sin ánimo de adoctrinar, ni esperando que se den por buenos algunos consejos, escribo estas lineas con el espíritu de que un mal comienzo no os haga desistir ni renunciar a ver un país inconmensurable, sin medida....
Ya nada más llegar, y más en estas fechas, sentirás que al salir del aeropuerto, y eso que se suele llegar de noche cerrada o madrugada, el aire es un poco más denso de lo que jamás hubieras imaginado, el calor no será terrible como en los meses de mayo o junio, pero deberás acostumbrarte durante las primeras noches a dormir sintiendo que el mundo a dejado de moverse, que el aire fresco es una quimera del pasado y que tu mejor aliado es ese destartalado y ruidoso ventilador instalado justo encima de tu cama. No recomiendo dormir con el aire acondicionado, pues es la causa número uno de fuertes resfriados, pero allá cada cual.
Un poco antes del amanecer te despertarás al son de bocinadas, claxons, timbres y silbatos: es la banda sonora que te acompañará en cualquier ciudad hindú por el resto de tus días.
Antes de bajar a la calle, es aconsejable mirar desde la ventana, si se dispone; parecerá como si un niño gigante hubiera pisado un hormiguero de humanos y todos andarán de acá para allá sin orden ni concierto, no lo creas, cuando pises el asfalto o lo que queda de él y te sumerjas en ese caos comprobarás que un orden cósmico controla de alguna manera toda esa marabunta y que los accidentes y atropellos son casuales y escasos en relación al volumen y densidad de artefactos, animales y humanos, que circulan con sus propias leyes de tráfico, que no está de más recordar pues en nada se parecen a los nuestros: un elefante tiene preferencia, por cuestión de tamaño no de rango, sobre una o más vacas, éstas si que disponen de preferencia sobre todo tipo de vehículos y humanos. El resto de los animales, ya sean monos, perros, cerdos, cabras o cuervos disponen de una extraña bula para interferir en el denso tráfico. Los camiones, enormes cacharros de hierro pintados de vivos colores, tienen preferencia sobre los autobuses y éstos sobre cualquier trasto que circule con una o más ruedas. Los coches tienen preferencia sobre triciclos y rick-chow, y éstos sobre las motocicletas, y éstas sobre bicicletas y carros tirados por humanos. Nosotros, como vulgares humanos destinados al ciclo de reencarnaciones, no tenemos preferencia, aunque no debes sentirte violentado si eres el blanco de numerosas bocinas y timbres de toda clase. En la India no eres nadie si no circulas con una mano apoyada en el claxon...
Es el momento de bajar a la calle por primera vez: un amigo me comentó que la India era..., era, demasiada gente, demasiado ruido, demasiados dioses, demasiados olores, demasiado calor, demasiado tráfico..., demasiado de todo.
Es cierto. En la puerta de tu hotel, apenas hayas dado cuatro pasos sentirás la cálida acogida hindi: siempre habrá alguien diciéndote algo: un taxi, un ciclista, un vendedor de patos de goma, un guía experimentado, un comisionista, un despistado, un vendedor de soda, otro de hachís y otro de seda, el que te ofrece samosas, o el que te susurra donde encontrarás el mejor desayuno de Parganj, el que se ofrece para ayudarte mientras tratas de orientarte en un inútil mapa al que se sumarán media docena más por cada tres minutos que estés parado mientras expresan, miran y preguntan. Desconocidos se sumarán a la charla expresando todos una opinión que agrade y no ofenda. Ya habrás contestado media docena de veces de donde vienes, a donde vas, que haces y de que trabajas. Nunca debería importarte perder tiempo con la gente, estás de vacaciones, pero cuando alguien te incomode o te ofrezca algo ilegal o sospechoso, tan sólo debes atravesarle con la mirada como si no existiera y no responder a nada de lo que te dice. Es una forma de descortesía muy usada entre ellos, verás como no se sienten ofendidos y funciona de una manera relativamente eficaz. No te enfades, disgustes y seas mal educado... aunque esto también deberíamos hacerlo en nuestro país...
Una gran cantidad de niños y pedigüeños se acercarán a pedir lo que sea, desde una rupia a un kilo de arroz, mi consejo es que no des dinero a los niños y lo guardes, siempre en monedas de cinco rupias, ( el acopio de monedas es una de mis primeras labores), para enfermos y viudas. Demasiadas veces veo como un turista suelta un billete de veinte euros en las manos de un crío; flaco favor le están haciendo al niño, de verdad, pues el niño no sabe que sólo recibe dinero por eso, por ser niño, y crecerá pensando que la mendicidad y la caridad del blanco ofrece mucha más recompensa que el trabajo duro de sus padres, la cruda realidad le golpeará cuando sea adolescente, no sepa leer ni escribir y ya no de tanta pena a los turistas. Es mucho más divertido, aunque desde Europa pueda parecer inmoral, que se ganen un dinero o una buena pitanza haciendo algún recado o trabajo para ti: resulta sorprendente lo honrados que llegan a ser y el mismo crío que me pide un dólar, se ofrecerá gustoso a ir a cambiarme un billete de 500 rupias en moneda pequeña mientras espero bajo una sombrilla tomándome un chai, a cambio de unas manzanas, un thali callejero o unos dulces.
Es importante tener conciencia de que no vas a mejorar un país con un par de buenas acciones y todos los consejos que quieras repartir, pero si que puedes empeorarlo con la desidia y el paternalismo mal entendido que gastamos los occidentales, así que actúa, pero no moralices. India es un país complejo, con una cultura única en el planeta, pues muchas de sus acciones y ritos apenas han variado en los últimos cuatro mil años, así que es mucho más fácil adaptarte al país que intentar cambiarlo a tu gusto.
Es hora de comer, la mayoría de turistas creen que "El mal de Moctezuma", nosotros la llamamos diarrea, aparece por el cambio de aguas: mi consejo es que bebas mucha agua, lassis,(tu pregunta y ya verás que es), y durante los primeros días o semanas evites las fritangas, las buenííííísimas salsas y optes por el menú vegetariano y arroz. El cambio de aceites, (el de oliva es inexistente y se cocina, dependiendo de la región y el nivel económico, con aceite de palma, coco, colza, etc..), es lo que de verdad ataca a tu estómago. No por ello debes evitar comer, siempre con la mano derecha y procurando escoger locales donde haya mucha población local.
No compres nada hasta que no sepas el valor de las cosas, mis primeras compras siempre suelen ser objetos útiles: ya sean utensilios para el baño, unas chanclas...me ayuda a comprender la moneda nueva que llevo en el bolsillo. Puede que no lo veas en tu primer viaje, pero incluso una rupia puede descomponerse en cien paisas...
La verdad es que Delhi no es una ciudad muy apreciada por los viajeros: contaminada, superpoblada, con ese punto de artificial e impersonal que tienen las capitales, pero mi recomendación es que te la guardes para cuando vuelvas. Delhi tiene muchas cosas que ver y lugares donde relajarse. Parques, jardines, palacios y museos son una bendición para poder evitar ese caos circulatorio.
Bueno, poca cosa más para el primer día, no hay que aprenderlo todo el primer día, ni en el primer viaje, ni en el sexto. Poco a poco, si te gusta y te atrae, iremos hablando de devas y nagas, de sanyasis y jeeras, de trimurti, de puris y thalis, de jatis y varnas, de lingams y yonis, de la diferencia entre la concepción del tiempo, lineal o cursivo, de karmas y meeras, de sadhus, dobis, gopis y doms,.... pero no hoy. Hoy descansa...
India es compleja, terrible y fascinante, si te dejas llevar, extraerá de tí lo mejor y lo peor, y sin dármelas de gran viajero, tras veinte años escapándome a ver este mundo maravilloso, estoy en condiciones de afirmar que no hay nada ni remotamente similar a este país.
Así que este será mi último consejo.



- shanti, shanti my friend








17/5/10

Aprendiendo....


Los sabios dicen que nuestro perfil como persona,(dícese del ser humano integrado en una sociedad), se configura a través de pequeñas acciones repetidas una y mil veces: desde la más tierna infancia hasta la madurez, muchas veces de forma inconsciente, integramos los miedos, las percepciones o las preferencias de manera que transforman o modelan desde nuestra forma de ver la vida, nuestros actos, hasta las arrugas de nuestro rostro o la forma de mirar a un desconocido... Puede ser, aunque también algunos de esos sabios afirman que un sólo momento en la brevedad del tiempo de una vida; una acción heroica, un momento de lucidez o una fechoría cobarde, puede cambiar la vida de uno para siempre. Ya Conrad lo describió de una manera lúcida y genial en Lord Jim. Tal vez la verdad sea una suma de esas dos afirmaciones; podría parecer que pocos tenemos tener la oportunidad de una acción heroica en la monotonía de nuestras vidas, que en nuestros pequeños actos cotidianos no parece haber lugar para actos gloriosos o cobardes, que parece que vivimos rodeados de gente gris y monocorde de la que no podemos esperar que brote de ellos una luz que nos ilumine. Creo que son puntos extremistas y que si nos fijamos bien, estamos rodeados de cobardes y héroes, de villanos y de gente buena, de sabios y de ignorantes, y es deber nuestro el saber discernir que ejemplo queremos seguir.
Permitan una batallita, un pequeño momento de mi vida, que aunque pueda parecer o lo sea, una estupidez, cambió parte de mi manera de pensar...


.." Fue en mi segundo viaje a la India... ya saben ustedes; mochila, unas pocas rupias y mucho camino por delante. Me apasiona viajar en tren y la India ofrece la oportunidad de recorridos milquilométricos, con trenes antiguos y destinos sorprendentes. Este tren viajaba desde Mumbai hasta Mysore: decidí coger ese tren por culpa de Ruyard Kippling....Mysore. La ciudad de las especias y el incienso, del palacio del maharajá, de su Nandi gigante de piedra negra...
El trayecto dura unas 16 horas y como en todo tren de la India, uno tiene la oportunidad de conocer gente, admirar paisajes, intercambiar comida, aguantar a un niño sobre tus piernas mientras su padre duerme, acudir a los infames servicios, comer más, leer y responder a decenas de preguntas de todo tipo de gente. Los hindúes son dados a la charla y no dudan a la hora de empezar una conversación con un desconocido.

Mientras esperaba en la estación a que el tren empezara su marcha, me fijé en un viejo sanyasi,(un sadhu u hombre santo), sentado junto a un banco. Justo en ese momento, vi como el jefe de estación salió a atenderle y con la máxima deferencia lo acompañó al tren ayudándole a subir los altos escalones de entrada. Los seguí por pura curiosidad: el jefe de estación le ofreció un asiento junto a la ventana que el sanyasi rechazó, luego un asiento lejos de la ventana que también rechazó con una sonrisa, y como queriendo calmar al atribulado jefe de estación, el sanyasi optó por sentarse en la puerta del vagón, con sus delgadas piernas colgando hacia el exterior y mirando curioso a su alrededor. Todos los viajeros que pasaban cerca de él murmuraban algo y le saludaban poniéndose las manos casi por encima de la frente, señal de gran respeto. El tipo era impresionante la verdad: debía superar el metro ochenta, de unos sesenta largos o setenta años, mirada afilada y piel curtida por el sol hindú. Fibrado, en sus brazos y piernas estaban dibujados con ceniza blanca sus propios huesos. Tres rayas blancas horizontales y un tika amarillo coronaban su mirada. Iba ataviado con una túnica naranja y un gran pañuelo del mismo color a modo de turbante. Una escudilla plateada donde servirse la comida, un largo y nudoso bastón coronado con un tridente y una pequeña bolsa de tela roja colgada al hombro: esas parecían sus únicas pertenencias. El jefe de estación se retiró y yo me quedé pensando si debía sacar la cámara o no, y por un momento nuestras miradas se cruzaron. Bajé la mirada ante esos ojos dulces y de mirada penetrante que parecía mirar directamente en mi interior y busqué mi silla, avergonzado, en el vagón.
Habían pasado unas dos horas de trayecto cuando el sanyasi apareció en el umbral del vagón y dirigiéndose hacia mi me preguntó que hora era por favor, sorprendido de que se dirigiera hacia el único occidental del vagón, miré rápido mi reloj y contesté. Sonrió, una enorme y perfecta blanca dentadura y rebuscó en su bolsa hasta sacar un viejo reloj al que procedió a poner en hora, dándome las gracias, desapareció por donde había venido. La familia que compartía asiento conmigo me dijo que era un tipo afortunado y siguieron comiendo. Me quedé sentado preguntándome porqué sería afortunado y haciendo todo tipo de cábalas acerca del extraño personaje. No había pasado ni una hora, puedo dar fe, cuando el sanyasi entró de nuevo en el vagón y sonriendo me preguntó de nuevo la hora. Les juro a ustedes que llegué a pensar en una confabulación hindú, en cámaras ocultas en el otro extremo del mundo..., pero la sonrisa era tan pura y su educación tan extrema que no dudé en responder. Buscó de nuevo el reloj y repitió la operación. La familia sonreía y yo no sabía como tomarlo, al ver mis dudas me repetían que era un tipo afortunado, que no me preocupara.
Mi curiosidad ya no podía más y cargando con un par de plátanos y unas manzanas fui en busca del sanyasi: ahí estaba, sentado en la puerta del vagón, mirando como los árboles se sucedían uno tras otro a toda velocidad. Balanceaba los pies como un niño contento. Reuní el valor que me quedaba, no tenía ni idea de como reaccionaría, si un occidental puede molestar a un sadhu, si estaba rezando, si sería una falta de respeto... y le ofrecí una pieza de fruta. Sonrió y me dijo que no, viendo mi turbación me pidió por favor que la compartiera con él. Partí la manzana y empezamos a comer en silencio. Al rato, le pregunté a donde se dirigía y en perfecto inglés me hizo un pequeño resumen de sus últimos años, de su presente y de su futuro.
Me dijo que llevaba siete años en las montañas y que al darse cuenta de que llegaba su hora se había puesto en camino para visitar por última vez las ciudades santas del hinduísmo: Mathura, Puri, Haridwar, Rameswaran, Gaya, Ayodhya, Kanchi, Kedarnat, Ujjain, Karnakhaya y, haciendo una pausa y sonriendo feliz... Benarés.... ahí moriré. En posteriores viajes comprobé cuan cierta era esa afirmación, hasta donde pueden llegar los verdaderos sanyasis y su altísimo poder mental, pero en ese momento, me pareció una temeridad por parte del santo oírle afirmar de forma tan categórica su futuro. Escuchó con tolerancia mi pobre y sencilla historia que al momento, gracias a su interés y acertadas preguntas, la verdad, parecía otra..., en fin. Comimos felices siendo pasto de las miradas curiosas del resto del vagón que de tanto en tanto salían a observar al curioso occidental sentado junto al santón.
Sólo cuando me despedía fue cuando me acordé de la pregunta inicial. ¿Qué pasa con eso de pedir la hora para un reloj que no funciona?. El sanyasi me explicó que el reloj llevaba roto más de quince años y era divertido llevar la hora de los demás. Una pequeña broma a un occidental, una pequeña prueba, me dijo también: en este mundo donde nadie parece querer dar nada si no es a cambio de algo, el sanyasi me ofrecía la oportunidad de dar algo sin miedo a desprenderme de ello y así limpiar mi karma. Vaya, una especie de favor.
-Recuerda, me dijo; -no somos lo que poseemos, ni mucho menos lo que anhelamos, sencillamente somos lo que damos."

Con el tiempo me doy cuenta de que estuve hablando con un hombre sabio, sus palabras cada vez han tenido más sentido conforme me ido formando como persona. Somos lo que somos capaces de dar. Si regalas educación, tu imagen será la de un tipo educado y serás tratado como tal. Si das rabia y odio, te conviertes en un tipo odiado y enfadado...., si ofreces respeto, no deberás pasarte la vida pidiendo... y así con todo. Me doy cuenta de que consigo más con una sonrisa que con cien explicaciones. El sanyasi me dio la oportunidad de tener un rasero por el que medir y así darme cuenta de que también estoy rodeado de gente sabia, buena e inteligente, que ofrecen su ejemplo vital de manera altruísta.
Vivimos en una sociedad donde las frases hechas; "tanto tienes, tanto vales", o "porque yo lo valgo", sean dogmas de fe, un lugar donde tan sólo esperamos recibir y poseer sin pensar en dar, y así, no es de extrañar el caos y la confusión moral que parece haberse instalado en nosotros cuando el Miedo aparece asomando por la esquina.
La impresión que me dio el sanyasi es que ese hombre no le temía a nada, ni a su propia muerte..., un hombre cuyas únicas pertenencias eran un bastón, una lata y un reloj estropeado...
PD: Dedicado a Rosa Mari, gracias por empujarme a escribir de nuevo...